Los labios rozan la copa, la lengua juega con el azúcar y luego la muerde con rabia cuando ve que los minutos pasan y su amor no llega. Cierra los ojos e imagina las horas previas, las bragas nuevas, el perfume, la crema en la piel, los minutos decisivos ante el armario: ¿El azul, o el verde? Finalmente escogió el rojo.

            Su imagen ante el espejo dibujando la línea de los labios, las gotas en los ojos para que brillen más, incluso ensayó miradas para hipnotizarlo y escapar lejos.

            Afuera el viento amenaza con llevarse el techo de las casas, el mar ruge como lanzando maldiciones, la olas se estrellan unas a otras como si estuvieran en medio de un rabioso combate… y él no llega.

            Hace frío, hace viento, los zapatos de tacón la torturan mientras los brazos se debaten entre proteger el chal o la falda hasta que llega un taxi y ella suspira aliviada cuando el chofer emprende la marcha, se frota las manos, se retuerce al calor del auto y de su chal, libre ya de las furias del viento y con los ojos cerrados mientras sueña con el calor de sus sábanas, sola, pero tibias.

            Cuando las luces de taxi desaparecen al fondo de la calle, otro taxi se detiene, un hombre se baja con una sonrisa en los labios mientras piensa en las palabras que le dirá, en las copas que beberán y trae a su memoria el día en que la conoció, la tarde en la placita, el paseo por la avenida y sus cabellos despidiendo aquel aroma…

            Se sienta, pide la copa, intenta revivir el aroma de los cabellos de ella  pero no puede, eso significa que no vendrá.

            Ella con la cabeza en la almohada se felicita por volver a soñar, por creer que puede encontrar el amor aunque eso le llevara más tiempo del que imaginaba, desde luego con este no. Y se duerme dándole razones al corazón a ver si se calma de una buena vez.