Por accidente me corté un dedo y la sangre manó de manera exagerada para un desgarro tan pequeño, en un abrir y cerrar de ojos el queso que estaba cortando quedó teñido de rojo sobre la mesa mientras iba a contestar una llamada.

            Cuando volví él se llevaba el último trozo de queso a la boca con una gran sonrisa, luego me besó y dijo que mi mermelada casera era insuperable.