Me gusta
imaginar días, soles, lluvias y atardeceres con tu corazón palpitando en la
palma de mi mano. Me gusta temblar cuando dibujo tu cara en mi cerebro, me
gusta repetir tus palabras y colgarlas por los vericuetos de mi vida.
Me gusta
esperarte sentada en la mesa de un café, imagino diálogos, lustro las palabras
para que cuando llegues estén limpias, perfumadas y sobre todo, que cuando
entren a través de tus hermosos ojos, lleven a tu cerebro exactamente todo lo
que siento dentro de mi.
Espero
que ellas te hagan saber todo lo que siento por ti, espero que sepas que te
agradezco el haberme devuelto la ilusión, el haberme despertado de mi sueño, el
haber derretido mis hielos prehistóricos. Deseo tanto que ese abecedario
aprendido hace tantos años dibuje en tu existencia la esencia de la mía.
Y cuando
llegas, cuando hablas, cuando me envías tu propio torrente de palabras no tengo
de donde asirme, tu alfabeto me arrebata y en su movimiento me va alejando de
ti. Al principio trataba de aferrarme a cabos imaginarios, a puertos de cartón
piedra, luego suplicaba a mi débil
ejercito para que viniera en mi auxilio, pero es inútil, hoy, te contemplo como
un puntito en la distancia y reconozco que mi ejercito no estaba preparado para
tales proezas, sin embargo sigo intentando mantener el calor de mi propio
alfabeto… aunque ya no tenga esperanza.