Se pregunta si a él le pasará lo mismo. Él también a varios kilómetros de distancia se lo pregunta. Desde que se conocieron las mariposas en el estomago los asaltan sin previo aviso, los pelos se erizan y los cuerpos duelen de amor.

              Ella sueña con sus brazos recios, imagina senderos de placer al recorrer esas venas con sus labios desde el hombro hasta el dedo del corazón, es curioso, casi nunca imagina la cabeza y el rostro de él. Apenas recuerda que tiene los ojos claros, pero no podría decir si son azules o verdes o grises, alguna vez la forma de su boca se aparece en medio de sus pensamientos más distantes, en cambio aquellos brazos…

            …Aquellos brazos significan la calidez palpitante de un cuerpo, la seguridad de un espacio en el que ella es la única habitante, un mundo donde la felicidad es posible y palpable.

            Él en cambio, cuando piensa en ella ve unos cabellos claros… ni rubios platinos, ni caobas, más bien como rayos de sol alrededor de un rostro que sin embargo no tiene ojos, pero si una voz maravillosa que va saliendo de una boca, que tampoco imagina, pero que supone bella, sin embargo, lo que si dibuja su mente febril son las piernas, unas piernas largas, delgadas, ligeras, que saben caminar a su lado, que acompañan sin estorbar, que caminan sin pisar sus huellas y que dan origen a un camino nuevo, excitante, creado a cada paso solo para ellos dos.

            Es siempre así cuando están separados, una agonía, un pensamiento clavado en el cerebro, mariposas en la barriga y sangre acelerada enrojeciendo mejillas a cada pensamiento.

            No hay duda, piensan ellos, cada uno por su lado. Esto es solo sexo, no puede haber nada más, solo sexo y con ese pensamiento se citan en calles, en plazas, en avenidas, en la playa, en la ciudad, en los barrios viejos.

            Él suele llegar primero, se sienta tranquilamente, repasa pensamientos y su cuerpo empieza a hervir, disimula fumando un cigarrillo mientras mira constantemente el reloj. Ella suele ser puntual, pero a él le gusta llegar antes, se sienta a la mesa más alejada únicamente para verla llegar, para ver sus piernas acercarse hasta él a cada paso, como en una especie de pasillo universal.

            A ella le gusta llegar puntual, sin embargo se toma su tiempo antes de que las agujas del reloj dicten sentencia definitiva, ella antes de doblar la esquina ha dibujado esos brazos recios, esas venas sinuosas y ha recorrido varias veces con sus labios esos tortuosos y excitantes caminos, cuando el rubor enciende sus mejillas y le hace arder las orejas, ella se deja ver, lo busca con la mirada y va a su encuentro. Allí está sentado esperándola, él alza la mirada, ella le sonríe, se acerca despacio saboreando el placer, reteniéndolo en la boca como si fuera una golosina que no queremos que desaparezca por nuestras gargantas hasta que ya no hay más espacio entre los dos, las mejillas se rozan, él la huele y ella también, luego se sientan pero el hielo resquebraja las emociones, derrite el calor, suaviza los rumores y las voces se enredan en temas climáticos, sociales, mundiales… cada vez más lejos el uno del otro…

            Es solo sexo…

            Piensan cada uno al despedirse,  un sexo que se conforma con llegar al clímax en cada ausencia.