Yo sabía que la función no daba para mucho, es más, ni siquiera me interesaba demasiado, pero el frío y  la soledad empujaron mis pies hacía ese teatro.
             Queda por la calle 43, un teatro decadente, con el portal desconchado, unos cuantos cristales rotos y otros tan sucios que han perdido su transparencia; en el portal, una anciana vende chiclets, dulces, chocolates y cigarrillos en las noches de función. No sé si resulte buen negocio, pero ella ha estado ahí desde cuando el teatro era el más bello de la ciudad. Quizás ella también fue bella… algún rastro de belleza extinta se adivina en su cara, si uno se toma la molestia de mirarla al recibir los cigarros.
             Al entrar el olor a humedad duele en la nariz, los ojos se achican un poco en la oscuridad y el instinto obliga a mirar cuidadosamente los asientos. Las luces empiezan a disminuir, suena la música desde un piano.
             Entra el actor. Mis ojos se abren desmesuradamente - qué guapo es - su anatomía se pasea por el escenario, de su garganta sale una triste diatriba, palabras que se desparraman por la platea mientras él sale y entra del cono de luz regalándonos pequeñas visiones de sus músculos.
             El actor parece no darse cuenta de la escasez de público. Yo sí y me da pena por eso, soy la única espectadora y encima, involuntaria, pues de haberlo sabido, no entro. Sin embargo él actúa como si nada, yo intento borrar de mi cerebro ese cuerpo para dejar que la voz me susurre algo, pero no lo logro, en mi cabeza solo hay sitio para su imagen.
             La obra termina y no he logrado entender de qué se trataba. Me quedo en la silla. No me quiero ir. El actor baja, se sienta a mi lado y empieza a hablar, a justificar, a tratar de explicar pero creo que he mutado en algo inhumano porque he perdido la audición, solo veo y empiezo a sentir deseo, mi barriga hormiguea, mis piernas tiemblan y mis manos sudan de pasión.
             Huyo de allí prometiendo volver a verle, aunque sé que esa será otra promesa incumplida.