Decidió salir de casa, fue hasta el parking, miró un rato su viejo coche, abrió la puerta y se sentó, lo demás fue sucediendo sin que su voluntad interviniera.
             Lo primero que hizo fue salir de la ciudad, le encantaba perderse, a veces, de sí misma y cuando tomaba con sus manos el volante se imagina como Thelma, Louise y Brad Pitt, por supuesto, en medio de una carretera sin murallas y sin punto final.
             La mirada fija en el horizonte, en esa línea que por momentos se levantaba del piso y ondeaba ante sus ojos, como haciéndole la ola en homenaje a su atrevimiento y su libertad, el viento entraba por al ventana y jugaba con sus cabellos, se los enmarañaba, enredaba y esponjaba a su antojo y a ella no le importaba, al contrario, cada vez le gustaba más. En la radio su música, sus viejas y ridículas canciones de amor sin protagonista carnal, sus historias de amor y aventuras en el ancho mundo de su cerebro.
             Sólo los solitarios son capaces de tanto mundo interior pensaba mientras repasaba la lista de las personas conocidas que tenían y vivían su mundo real, sus angustias, sus ocupaciones, comida que se quema en el horno y que hay que tirar a la basura mientras se piensa soluciones rápidas para alimentar a la familia.
             Ella no sufría de esas angustias, sus miedos, sus temores eran mutantes demonios interiores que se creaban o deshacían en cuanto intuían el peligro de una voluntad recia. Y eso era lo que había perdido desde hace muchos años, la voluntad para crear una vida real y palpable, nunca supo en qué momento su mundo se volatilizó, su casa y sus pertenencias pasaron al mundo de la fantasía, su familia en dioses de la memoria y sus amigos en eternos compañeros de sueños. Esa era su vida, nadie s ella había impuesto, pero en esos momentos necesitaba encontrar el punto de fuga, entender porque el mundo se le escapó de las manos, pero su mente estaba tan llena de carretera, paisaje y movimiento, que nada lograba tomar forma corpórea.
             El cansancio por fin llamó a la cordura, los ojos se cerraban ante la cinta de asfalto y decidió parar en una playa solitaria a descansar. Bajo del coche y sus pies no sabían qué hacer para caminar, deberían saltar al tiempo, avanzar uno y retroceder el otro, ir de frente, al lado o hacía atrás, no lo supo y su cuerpo perdió el equilibrio, cayo pesadamente sobre las piedras y rodó unos cuantos metros. Cuando por fin se detuvo, logró sentarse, sacudirse el polvo, y sus manos raspadas y sangrantes le parecían que eran unas manos de alguien diferente a ella. Intentó ponerse en pie y se fijo en una gran cicatriz que tenía en la rodilla, - estaba sangrando - la sangre salía de su cuerpo y con ella salieron los niños de su infancia en la calle cerca a su casa donde se había caído cuando tenía ocho años y vivía de puños con los amigos y de gritos en la calle. Era hora de volver a golpear a los amigos y de gritarles cuánta falta le hacían.