La publicidad tiene la poción mágica para transformar la realidad, ella vende humo con total descaro y los consumidores se sienten satisfechos, agradecidos y, en muchos casos, por increíble que parezca, incluso felices.

         Sí, es verdad. ¿Quién no se siente feliz de fumar un cigarrillo X, o de vestirse con el modelito aquel, o jugando con su tablet? ¿Se pregunta alguien si de verdad necesita el artículo antes de comprarlo? No, hay que comprar, comprar y comprar para mantener la sociedad de consumo, para mantener puestos de trabajo, para que los capitales fluyan y el establishment se mantenga.

         En esta guerra de estrategias, todo vale, tomemos dos ejemplos más recientes, para no aburrir mucho a los lectores, una famosísima empresa de comida basura cambió su tradicional logotipo rojo por uno verde para vender una imagen saludable de esa comida que ha llevado a mucha gente a engordar de forma mórbida, que ha producido muchos documentales sobre los efectos dañinos sobre el cuerpo humano y que a pesar de demandas o multas en muchos lugares del mundo, se mantiene en el top de las empresas más exitosas y amenaza con llevar su grasa take away hasta los rincones más apartados del planeta, ahora vestida de saludable verde.

         Otra empresa multinacional y burbujeante se ha inventado la felicidad, ha pasado de cantar en mil idiomas que es la chispa de la vida y por estos días en Madrid-España, se viste de intelectual promoviendo congresos nada menos que de felicidad, pagando lo que le pidan, a filósofos, científicos, psiquiatras, médicos, asesores del Dalahi Lama, monjas y catedráticos que en sus respectivos ámbitos profesionales gozan de una reconocida y seria reputación. 

         Estos excelentes profesionales se han prestado al juego - el dinero nunca sobra - y se han pues a debatir sobre el clásico concepto la felicidad, sus causas y efectos sobre el ser humano, como en las antiguas ágoras del saber y de paso venden el líquido negro a diestra y siniestra.

         En ese escenario caleidoscopio, el consumidor se queda moviendo la cabeza como un tonto, preguntándose por qué a alguien se le ocurrió que pasar de rojo a verde le iba a traer más ventas de carne grasienta, o por qué si se bebe un liquido va a ser más feliz. ¿No se dan cuenta, de que yo me doy cuenta, de que me están tratando como a un tonto?

         Es que la gente se da cuenta de las estrategias de las compañías, el consumidor hace tiempo que alcanzó el uso de razón y sabe distinguir las artimañas comerciales, lo malo del asunto, es que no ha aprendido a escapar de éstas y como quien no quiere, resulta mordiendo una hamburguesa mientras bebe un refresco negro para no atragantarse.

C'est la vie!!!!!