Era una noche feliz, de esas en que los tópicos vuelan por los aires y se hacen trizas contra el piso.

             Ella bailaba en la calle, en las aceras, sobre las estrellas, aunque - no nos hagamos los locos - ella bailaba en una discoteca.

 
            ¿A qué se debía tanta expectación?

             A que unas horas antes se habían vuelto a reunir todos los amores: los sexuales, los filiales, amigables, fieros, tontos, salvajes, tímidos, atrevidos, inocentes, platónicos, infantiles, el de Electra, el de Edipo, Romeo y Julieta… todos a una en medio de la calle, abrazándose con fuerza, desgarrando gargantas y con los ojos bien cerrados. Así acabaron en la disco.

             Los amores revoloteaban alrededor del amor mayor, todos querían tocarlo, rozarlo aunque fuera con la punta de sus dedos.

             A él le gustaba esa atracción, sonreía de lejos, les concedía el poder de sentir a través de esa sonrisa que orbitaba sobre los amores satélite, pequeños, exultantes, húmedos.

             Unos de los no amor desaparecieron o huyeron de la pista, mientras que los sí amores se quedaban en medio girando sin parar, con los ojos desorbitados al tiempo que la música también desaparecía lentamente. Los amores traviesos se tomaron la pista y empezaron a quitarse las ataduras al ritmo de sus caderas; movimientos alados, manos evanescentes, cabezas ondeantes y caderas desmadejadas…todavía hay amores así.