Juan es una persona corriente, tiene cierta edad, trabaja en cierta empresa, está casado con cierta mujer, tiene un par de hijos y ningún pajarito picotea en su cerebro durante las siete horas de sueño profundo de sus noches.

            A veces, por orden de su jefe, tiene que ir a inspeccionar las obras, revisar ciertos papeles, comprobar fechas, controlar existencias y de alguna manera vigilar al personal. Su jefe le dice que hay que tener cierta tolerancia, pero de vez en cuando hay que mostrar mano dura, solamente para recordar quien es el jefe.

 
            Un fin de semana que su mujer y sus hijos estaban haciendo una visita a unos familiares, decidió aprovechar la tarde y pasarse por una de las obras que quedaba cerca, llegar de repente, un domingo por la tarde a una obra, bien podría dar una lección de control a los obreros, aunque dudaba que estuvieran allí, quizás solo el vigilante, ya lo comprobaría.

             Juan se encaminó a la obra, atravesó el parque del barrio, le gustó ver como los niños jugaban, le gustó oír sus risas, le gustó ver parejas comiéndose a besos, aunque le erizaba un poco la piel  tanta efusividad en público. Llegó a la obra y se asombró de lo poco que habían avanzado desde su última visita. Según los planes previstos, ya deberían haberse empezado a construir los cimientos, sin embargo, los huecos abrían sus fauces al cielo indiferentes. Se acercó a uno y miró hacía abajo, palpó la tierra y la notó reseca, lo cual era raro, ayer mismo había llovido. Avanzó unos metros, lo mismo sucedía con el hoyo dos, el tres, el cuatro, sin embargo el quinto llamó su atención, era más pequeño de lo normal, de forma redonda, en vez de la alargada de los demás, se agachó y sintió el olor a moho y a humedad de sus entrañas.

             Se alejó un poco sorprendido, ¿cómo era posible que solo un hoyo estuviera húmedo? Llamó a gritos al vigilante, pero únicamente el viento le contestó, avanzó hasta la caseta que le servía de refugio pero estaba vacía. Volvió sobre sus pasos, se inclinó a mirar el hoyo, con sus dedos arrancó un trozo de tierra y empezó a deshacerlo, para después oler la tierra adherida a sus dedos.

 
            El olor entró por sus fosas nasales y se expandió por su cuerpo aniquilando su voluntad, como un autómata volvió a la caseta, sacó una cuerda, regresó al pozo, ató la cuerda a su cintura y bajó al fondo poseído por una extraña e infantil alegría, se dio cuenta de que le gustaba estar allí, era una sensación de regreso a su antes de nacer, a su primera morada oscura y atado a un cordón mirando a un puntito azul sobre su cabeza. Ese era el mundo exterior, solo un puntito azul lejano e indiferente. Se acurrucó sobre sus pantorrillas, olió la tierra, palpó su humedad y esperó a qué llegara la noche sin saber exactamente por qué, ni para qué - ya lo sabría en cuanto el puntito azul desapareciera.

             Y el puntito azul desapareció al cabo de un rato, la oscuridad era total, ni siquiera podía ver sus propias manos, eso era no existir, era como traspasar la frontera de la vida, sin estar muerto y tuvo ganas de cerrar los ojos para comprobar si la oscuridad de sus antiguos días, al cerrar los ojos era parecida a ésta, en que al fin y al cabo, el abrir o cerrar los ojos no marcaba diferencias.