Caminaba dormida por los tejados, indiferente a si había luna o la noche era tan negra que se podía tocar. Ni ella misma sabía por qué salía a vagar por los techos de la ciudad, simplemente sucedía y listo.
             Colocaba sus pies descalzos sobre el cemento de las azoteas o sobre las desvencijadas tejas de las casas ruinosas, saltaba al ritmo de las respiraciones tranquilas de los ignorantes moradores de aquellas casas, esos que se entregaban al sueño sin saber que unos pies de mujer caminaban sobre sus techos.
 
            Todas las noches la misma ruta, más no las mismas respiraciones, algunas eran tibias y confortantes, otras rabiosas o ladinas, alteradas o ignorantes no importa a que condición obedeciera su naturaleza, palpitaban bajo los tejados y daban vida a sus pies dormidos.
             
Algunas noches se topaba con hadas que habían extraviado su camino, ella entonces, les ayudaba a encontrar los cerebros dormidos, también, a veces desviaba las sombras tenebrosas, les mentía por instinto, las enviaba a vagar por cementerios lejanos a pisar huesos blancos.
            
Pero no hay que dejarse engañar, ella no cumplía ninguna misión especial, no estaba llamada a dulcificar la existencia de los seres humanos, ni a diluir las penas, ni a satisfacer la sed de amor que devora a la humanidad, ni a la necesidad de fantasía, ni a ninguna de esas triquiñuelas que ayudan a vivir.
            
Ella simplemente salía cada noche a caminar sobre los tejados obedeciendo un susurro que en sus vigilias le hablaba alguien sin rostro en lengua desconocida, pero que lamentablemente no le daba señales concretas, ni caminos que recorrer, ni letreros gigantes donde detenerse o qué dirección tomar.
             Y las noches se iban acumulando en sus espaldas, las lunas se iban fijando en su piel como lunares o pecas, los techos de las ciudades se iban agotando sin que su radar encontrara la respiración buscada, a veces le parecía escucharla muy abajo, quizás en un primer piso o en un sótano, entonces se deslizaba como una serpiente, levantaba su nariz al cielo como oliendo el aire y buscaba una entraba, una pequeña rendija, un resquicio entre ladrillos para atrapar la respiración soñada, para después de unos segundos caer rendida de frustración y despertar en la frialdad de su cama con las sábanas sin arrugar…
             
Hasta que caía la noche y sus sombras daban vida de nuevo a sus tobillos, una y otra vez, un destino ineludible, un trazado grabado en el alma imposible de modificar, unos pies ascendiendo por paredes frías hasta tejados palpitantes, un paréntesis en el tiempo sin angustia pero con ganas.
             
La inercia tomó la dirección de sus pies, a veces, le parecía oír la respiración buscada pero el silencio era el único que le contestaba y decidió rendirse, decidió detener sus pies, los fijó a un techo cualquiera y no se movió de allí ni un milímetro, con las lunas posteriores, con las sombras que siguieron a su decisión trabó amistad, aprendió su lenguaje, codificó en su cerebro nuevos signos, retorció su lengua contra el recinto del paladar y dejó libre a sus pies. Unos metros más abajo, una respiración cansada de buscar también se había detenido a reprender.