Hoy le dieron el alta. Sí, su medico vino esta mañana, la miró a los ojos, tocó sus manos, acercó su oreja a su pecho, palpó con sus suaves, pero frios dedos su estómago y sonrió. Le miró a la cara y ella escuchó las palabras temidas y anheladas. Puede irse.

             Era eso lo que quería de hace tiempo. Deseaba abandonar esa postración, dejar esa cama húmeda y solitaria, esa habitación donde solo se escuchaban los zumbidos de los mosquitos, ese techo tan vacío y plano. ¿Cuántas noches soñando con todo lo que haría en cuanto fuera libre? una sonrisa asomó a su rostro. Ahora si.

             Su cuerpo liviano se puso en marcha, sus pies tambaleantes atravesaron la puerta y se encontraron en medio de la calle. Todo a su alrededor era nuevo, el mundo estaba por estrenar y era suyo.

             Algo en su cabeza, sin embargo le recomendaba prudencia, pero algo en su pecho, le decía que se dejara de prudencias, que eso no la llevaría a ninguna parte, que si quería sentir de verdad, debería….

             Se sentó en un café, empezó a saborear su gusto amargo, levantó los ojos a través del vapor de su taza para encontrarse con su rostro reflejado en un espejo. Se gustó.

             Le gustó esa piel, esos ojos brillantes, y el tono rosa de sus mejillas, pero ¿Quién era ese que sus pupilas tenían grabado?

             Ahí había una sonrisa, unas manos grandes, unos brazos recios, y en alguna parte se escuchaba el sonido de su risa.

             Tantos meses de convalecencia y aún no había podido exorsizarlo de su vida.