Las nieblas de su país no le dejaron saber de fronteras. Creció corriendo por los bordes de precipicios insondables, sin pensar que algún día podría caerse. Le salió la barba sin un espejo donde mirarse y jamás supo que en su rostro, un día aparecerían pequeños volcanes en erupciones intermitentes.

             Las nieblas a veces le concedían el milagro de soles naranjas sobre cielos azules, o de lunas de queso sobre manteles bordados de estrellas, o a veces se sorprendía de que la noche  llegara a las diez de la mañana y el cielo fuera violeta.

          Alguna vez escuchó el canto de un pájaro que nunca vio, otras veces tuvo calor o frío o bebía el agua que caía de las nieblas eternas. Pero, aunque a veces se sorprendiera, el mundo seguía siendo verde, la tierra roja, el cielo azul, existía un sol, una lluvia dulce y el sonido de ese pájaro que le llegaba detrás de la niebla.

            El tiempo no existe si no se piensa en él, el mundo desaparece cuando cierras los ojos, las manos se cierran cuando no anhelan atrapar, la boca no habla cuando no hay palabras que decir y los ojos no se asombran cuando las nieblas permanecen.

 
            Así debió ser su vida, así debió ser su paso por el mundo, así debió ser su existencia, pero las nieblas un día desaparecieron, el sol cambio de tono, el cielo de color, la tierra tuvo dueño, las manos se aferraron, la garganta emitió palabras y los oídos escucharon voces.

             Llegaron los cataclismos, se abrió la tierra, las raíces de los árboles se aferraron a las piedras. Aparecieron los espejos. Supiste que ese de enfrente se llamaba como tu, y que debajo de esa barba y esos granos había una posibilidad de espanto.

             ¿Cómo lo supiste?

             Porque a tu mano derecha le dio por alzarse sin pedirte permiso, le dio por recoger los pelos de tu barba y mostrarte una barbilla cuadrada, unos labios rojos, unos ojos oscuros que guardaban abismos insondables, pero llenos de ternura y fue esa misma mano la que se encontró con otra mano ajena a tu cuerpo, la envolvió entre sus dedos y ese calor que se produjo, acabó por transformar el paisaje de tu vida.

             Ahora en tu cama duerme otro mundo, también tiene nieblas, pero no son eternas, tiene ventanas que asoman a ojos color miel y labios pálidos que saben, que muerden, aprietan, ríen y abren el paso a palabras que suenan como el pájaro que nunca conociste.