La palabra hombre significa - según el diccionario - "ser racional perteneciente al género humano, caracterizado por su inteligencia y lenguaje articulado". Esta definición, a lo largo de la historia se ha grabado en el subconsciente colectivo como ser viril, masculino excluyendo lo femenino, por tanto, lo que no se nombra no existe. Aunque dentro de esa universalización del concepto muchas mujeres no se sienten excluidas.

             Sin embargo, a medida que la mujer gana presencia activa en el contexto universal  empieza a notarse "rara", "anómala"; llevándola a preguntarse por qué el famoso genérico universal no abarca a las mujeres, por qué no encuentra lo femenino, y ha decidido tomar cartas en el asunto llenándolo de presencias femeninas con rostro propio, con cuerpo visible, palpable.  Si repasamos la historia encontramos que el concepto hombre, acuñado por Aristóteles fue adoptado por las universidades Cristiano-escolásticas en las que se excluía no solo a la mujer sino a Judios y Musulmanes y esa dictadura de género todavía colea entre nuestras modernísimas y revolucionarias universidades, usando como arma letal el lenguaje, que es el alma de nuestro saber y aunque a algunos académicos se les hinche la aorta, tienen que admitir que el lenguaje refleja el alma de las sociedades para bien o para mal y que es la lengua la que debe adaptarse a los hombres y mujeres y no al revés.

             Afortunadamente ya existen serios estudios acerca del tema, se han publicado manuales, se dan conferencias, se está creando en últimas una conciencia de la necesidad de una comunicación no sexista en la que se abogue por un uso del lenguaje que acabe con los estereotipos que perjudican a la mitad femenina de la humanidad. Se recomienda dejar de usar el masculino como hasta ahora, pero se advierte del riesgo que conllevaría sustituirlo por lo femenino o incluir los dos conceptos, así en ese terreno fangoso de las teorías, ya empiezan a surgir voces que abogan por crear instrumentos que faciliten el aprendizaje pluralista de cara a la educación de las nuevas generaciones y son los medios de comunicación quienes juegan un papel decisivo para asentar estos cambios y forjar un pensamiento más pluralista.

             En este proceso, que lógicamente producirá un cambio drástico en la sociedad lo particular se impondrá a lo universal, los matices ante el todo liberando a la historia de prejuicios clasistas, etnocentrismo y por supuesto de género.