Desde hace un año mantengo una habitación en un pequeño hotel del centro de la ciudad, a la que voy solo cuando quiero jugar a las escondidas con nadie.
             Por lo demás soy bastante común, preparo plátanos asados para mi familia, sé que les encantan, por eso cuando voy al mercado me tomo mi tiempo en elegir los mejores, los más grandes, más carnosos y más amarillos que vea. No tienen que estar demasiado maduros ni verdes. Nadie me señala los que son perfectos. Y siempre acierta.
            De hecho Nadie es mi guía, creo que no habría podido vivir sola ni un solo año de mi vida, una vida que no ha sido nada fácil, no solamente por las circunstancias que rodearon mi nacimiento, sino por mi familia, el barrio, la ciudad, el país donde nací.
             De hecho, muchas veces pensé que las fuerzas del mal se habían aliado para destruirme. Que gracia. Ahora eso me parece una absoluta estupidez, pero cuando se tienen trece años, casi todo lo que sale de nuestros labios está vestido de memez.
             La cosa no mejoró con los años, ni con los amigos, aunque debo aclarar que tuve treguas bastante gratas, incluso hasta felices y por algún tiempo aquella idea de las fuerzas del mal se fue de vacaciones.
             La vida puede ser muy larga y la mía se está prolongando demasiado, las fuerzas del mal volvieron de vacaciones renovadas, pletóricas de salud y con mayor ingenio que nunca, sin embargo, como decía mi abuela, siempre hay detrás de nuestro cerebro algo o alquilen que nos cuida la espalda, así fue como apareció Nadie.
             Fue una tarde preciosa, el cielo estaba azul y el sol enervaba los sentidos, yo caminaba mirando como la gente compartía un espacio vital con los suyos y los hacía felices, yo también tengo a los míos pero el espacio vital siempre está vacío… bueno a excepción del momento en que el olor de los plátanos inunda la casa.
             Yo estaba llorando. Soy muy llorona y lo hago cuando camino por la calle. La gente no me mira, no se da cuenta o no pregunta - es solo una forma más de sentirse libre - bueno, aquel día lloraba sin saber muy bien por qué. Mis pies me llevaron hasta el parque, me senté en un banco apartado y casi inmediatamente Nadie se sentó a mi lado.
             No nos dijimos nada, ni siquiera nos miramos, pero me calmé. Me sequé los ojos y me fui al centro, directamente a ese pequeño y anodino hotel, alquile el cuarto que daba a la calle y estuve sentada hasta que cayó la noche.
             Volví a casa alegre, feliz, por supuesto preparé plátanos y mi familia me lo agradeció con grandes elogios, abrazos y besos.
             Así, voy cada vez que Nadie me lo indica y aunque el celador que me entrega la llave me mira entre cómplice y ladino, yo no suelto una palabra. No le hablo, eso si, soy muy educada y cortés. Nadie me lo advirtió.
             Subo al cuarto, me siento frente a la ventana y miró mis manos sobre el regazo todo el tiempo hasta que cae la noche y pienso en una nueva forma de preparar los plátanos asados para mi familia.