Cuando apenas se habían agotado las lluvias, el gran escritor nos recibe en su cascarón húmedo, con el mohoso dedo índice nos señala lo poco que se salvó del diluvio.

            Ante mis ojos atómicos y mi nariz dolida aparecen montañas de libros, unos gruesos, otros delgados, blancos, negros, lisos o arrugados.

            Allí están los que he leído, los que pensé leer y los que leyeron mis amigos.

            Yo recito los que me interesan mientras me voy preocupando por cómo encontrarlos entre esas montañas. Sin querer me enredo en vocablos que van llegando a mi cerebro y que al salir, forman sobre la tierra húmeda los nombres  de mis autores preferidos.

            Llega la hora de partir, y allí,  en el quicio de la puerta hay una pequeña montaña abriéndome los brazos. Emocionada busco los títulos, los autores - el estómago se me está deshaciendo - ¿y si no está el que quiero? ¿y si está deteriorado por el agua? ¿y si no lo puedo leer?

            El escritor cansado de mis ¿y si? me dice: ¿y si lo escribes tu?