No cayó de golpe, no provocó gran estruendo al estrellarse contra el asfalto, tampoco, produjo cataclismos ni removió el mundo.

            Y no fue una brizna de hierba lo que cayó, ni una mota de polvo, ni un pétalo arrugado y mustio al desprenderse de su tallo.

            Fue mi ilusión, mi vida entera, la pasada, presente y futura, mi pasión, mi locura, mis entrañas, mis palabras, mi voz, mis manos, mis piernas, los archivos de mi cerebro, las personas que me conformaron, mis lágrimas y mi risa… todo se fue al suelo, se desparramó sobre el asfalto ante mis ojos dibujando los trozos de lo que alguna vez fui.

            Después del asombro, de la parálisis he aceptado que tengo que agacharme, tengo que doblar mi espalda, apoyarme con las manos y las rodillas y empezar a recoger mis astillas, a ver qué hago con ellas.

            Cerca de mi se hallan las más pesadas, las que no tuvieron fuerzas para desplazarse lejos, pero también son las que están prácticamente deshechas, un poco más allá, están las livianas, las que debido a su poco peso, resistieron mejor la caída, y casi fuera de mi alcance, se hallan las esenciales, las que tienen el poder para cohesionar lo que queda de mi.