10 de Septiembre, 2012, 15:00: GladysGeneral

       

        Pero, ¿qué ha pasado? se pregunta la luna llena rebotando entre los pliegues de las cortinas. ¿Dónde está él? Se refiere a un hombre que escribe dándole la espalda a la ventana, viste una camiseta blanca que dibuja sus músculos fuertes sus hombros anchos y la cordillera de sus vértebras como papel de calco.

            Luna llena se desliza por un pliegue buscando una mejor posición, necesita verle la cara, como todas las noches, necesita ver esos ojos tristes que de vez en cuando lloran, esa boca que pronuncia un nombre en un susurro y solo en casos de extremo dolor, resuena en el cuarto.  

            No lo consigue, luna llena reflexiona un instante, vuelve a mirar la amplia espalda y decide que debe dar la vuelta a la casa, ir hacía el patio, bajar desde la terraza hasta el cuarto y escudriñar por el ventanuco de la cocina, donde él suele escribir, quizás desde allí pueda verle la cara. 

          

 Rueda teja por teja, salta con los altibajos del tejado y más de una vez estuvo a punto de caer con todos sus volcanes hasta el patio, metros más abajo. La noche avanza indiferente a ella, las nubes bajan congelando a su paso todo lo que tocan, debe darse prisa antes que la luz derrote a las sombras. 

            Al llegar al séptimo se encuentra con una multitud de sueños peleando entre si, al intentar entrar todos al mismo tiempo por una estrecha ventana, se amontonan, se dan codazos, se retuercen la cabeza o se muerden rabiosamente pero lo único que consiguen es formar un nudo que crece a cada puñetazo. 

            No niega que siente curiosidad, le hubiera gustado remontar aquel nudo y poder asomarse a esa ventana, ver quien duerme en ella y por qué provoca tanto alboroto, pero la necesidad imperiosa de ver el rostro de ese hombre escribiente le apremia, se da un golpecito en el mayor de sus volcanes y continua su ascenso, llega hasta el tejado, esquiva las antenas de la revisión, otra de una compañía de teléfonos, unos cuantos cubos de basura y unas camisas moviendo los brazos en la oscuridad. Llega hasta la parte trasera de la terraza, se desliza hacía abajo hasta llegar al cuarto, pasa sobre la ventana del salón y está en tinieblas, llega a la del cuarto de invitados, y la escena es la misma, un cuadro negro sin matices, empinándose un poco alcanza el ventanuco de la cocina, y ahí está, el hombre, su cabeza, su nariz, sus manos volando sobre las teclas del ordenador, los mismos gestos de duda, de reflexión, los mismos tics, el mismo movimiento de la mano que conduce un cigarro desde el cenicero hasta esos labios que tantas veces soñó con besar. 

            Da una voltereta, a punto estuvo de caerse. Ahí está, es el mismo hombre, entonces por qué no siente nada, dónde fue aquel fuego que él provocaba solo con recordarlo. No lo logra entender, necesita apoyarse en algo para darse un tiempo y pensar, sin darse cuenta, se desliza dentro de la cocina, se escurre por los calderos colgados y se vé en el fondo de uno de ellos. Esa imagen no es la de ella. No se reconoce, casi se muere del susto, pero fue solo un instante de confusión, pasado el cual, supo por qué ya no le dolía el estómago cuando lo recordaba. Ahora era cuarto creciente.

10 de Septiembre, 2012, 14:50: GladysGeneral

            Abajo está el mar, desde la terraza del hotel no lo puedo ver porque hay una pared de ladrillos revestidos de cal blanca, construida muy recientemente. La pared tiene un gran agujero central de lado a lado pero de solo 20 cms. de ancho, lo que permite ver unicamente una estrecha franja del mar. En la parte superior hay cuadros de unos 50 cms. separados y colocados a diferentes alturas a lo largo y ancho de la pared, así que además de esa franja, también podemos ver recuadros de tonalidades azules, apenas interrumpidas por blancas nubes y en los más bajos, la cresta de las olas. 

           Por el ruido de las olas podemos adivinar que es una playa para surfistas, aunque no los veamos completamente, desde nuestro punto de vista parecen insignificantes. 

            Una niña vestida de blanco se suelta de mi mano y corre hasta la pared blanca, quiere ver el mar. Yo corro tras ella porque la pared aún está débil, el cemento no se ha secado y la niña podría caer al precipicio. 

           Ella se suelta de mi mano, me rechaza con fuerza, así que la dejo, pero me coloco a su lado, a su espalda, pendiente de sus movimientos para estar atenta a cogerla si la pared cede. 

        Abajo, se ve la cinta de mar, vemos que se estrecha como un largo brazo dibujando un sendero que desemboca en una piscina, hay unos jóvenes divirtiéndose, correteando y riendo. Sus risas nos estallan en las orejas, tengo la sensación de estar en los dos sitios, arriba con la niña y abajo con los jóvenes. 

      También me veo subida al caballo blanco de un tío vivo, uno de los jóvenes me había besado pero el tío vivo empezó a andar y él quedo rezagado, se arrinconó para dejar pasar los caballos y desde allí me miraba como queriéndome alcanzar, pero al mismo tiempo enfurruñado. Yo lo llamaba, le gritaba, le hacía señas para que volviera a mi lado pero él seguía en su misma actitud, en una de las vueltas alcancé a rozar su brazo, tenía una chaqueta de cuero marrón, su cara era preciosa, aún con el ceño enfurruñado, sus ojos profundos y verdes como el mar que nos rodeaba. 

 

El tío vivo sigue girando pero el tiempo pasa, él no viene hacía mi y la imagen de él besándome sigue impulsandome a llamarlo a pesar de que los años ya han cumplido su misión.

10 de Septiembre, 2012, 14:29: Selváticaminirelatos

            Camina por el borde de un precipicio, en sus tobillos siente el roce del viento, en su estómago la tensión del peligro.

            Sabe que solo bastaría con inclinarse en un pequeño ángulo, unos cinco grados ya sea a derecha o a izquierda y su vida cambiaría completamente.

            Algo, no sabe muy bien de donde, actúa como una fuerza que la mantiene estática, firme, aunque frágil en su posición de equilibrio. Si se inclinara a la izquierda, todo acabaría, su cuerpo se desintegraría muy seguramente antes de llegar a tierra y si lo hiciera a la derecha todo en su vida seguiría más o menos en la misma mediocridad de siempre.

            Sin embargo, piensa, ya va siendo hora de salir de esa frontera en la que vive, ya es hora de que su cuerpo se materialice y tome forma. Sabe que quizás no le guste esa nueva forma, probablemente saldrán a flote todos sus defectos, emergerán sobre su piel como el acné adolescente, pero es imperioso que tome una decisión de una vez.

            ¿A qué obedecer? al cuerpo que clama otro cuerpo para estallar o a la mente que edifica barreras defensivas pero asfixiantes.

            ¿Quién ganará esa batalla?

            La lucha parece no tener fin y los contendientes, aunque exhaustos, no dan su brazo a torcer, no se han dado cuenta que el amor hace tiempo expiró.

10 de Septiembre, 2012, 14:19: SelváticaAlaprima

            Volvió a encontrarse con la mujer de agua una tarde de sábado.

            Caminaba por la ciudad y llegó hasta la fuente. En cuanto asomó a la esquina del parque estaba apagada pero cuando sus pasos resonaron sobre los adoquines, el agua estalló en júbilo dando forma a una mujer que se sentó a su lado en silencio, como siempre…

            Mirándola a través de sus nebulosas pepitas, la mujer de agua le preguntó si ya había visto a la niña.

            Ella  se acordó de la niña que quería ver el mar y le contestó que sí.

            -¿Qué hizo la niña? le preguntó.

            -Quería ver el mar - le dijo en un susurro. Luego le habló de la pared que les limitaba la visión del mar, le contó de su miedo, de la angustia y el temor de que cayera al precipicio, por eso la tomó por la cintura.

            La mujer de agua la miró y ella pudo ver que en sus pupilas acuosas empezaron a brotar pequeñas gotas que se congelaban entre sus pestañas.

            El dolor volvió a ella con mayor fuerza y la mujer desapareció, la fuente dejó de funcionar y el parque recobró sus sonidos habituales.