Camina por el borde de un precipicio, en sus tobillos siente el roce del viento, en su estómago la tensión del peligro.

            Sabe que solo bastaría con inclinarse en un pequeño ángulo, unos cinco grados ya sea a derecha o a izquierda y su vida cambiaría completamente.

            Algo, no sabe muy bien de donde, actúa como una fuerza que la mantiene estática, firme, aunque frágil en su posición de equilibrio. Si se inclinara a la izquierda, todo acabaría, su cuerpo se desintegraría muy seguramente antes de llegar a tierra y si lo hiciera a la derecha todo en su vida seguiría más o menos en la misma mediocridad de siempre.

            Sin embargo, piensa, ya va siendo hora de salir de esa frontera en la que vive, ya es hora de que su cuerpo se materialice y tome forma. Sabe que quizás no le guste esa nueva forma, probablemente saldrán a flote todos sus defectos, emergerán sobre su piel como el acné adolescente, pero es imperioso que tome una decisión de una vez.

            ¿A qué obedecer? al cuerpo que clama otro cuerpo para estallar o a la mente que edifica barreras defensivas pero asfixiantes.

            ¿Quién ganará esa batalla?

            La lucha parece no tener fin y los contendientes, aunque exhaustos, no dan su brazo a torcer, no se han dado cuenta que el amor hace tiempo expiró.