Pero, ¿qué ha pasado? se pregunta la luna llena rebotando entre los pliegues de las cortinas. ¿Dónde está él? Se refiere a un hombre que escribe dándole la espalda a la ventana, viste una camiseta blanca que dibuja sus músculos fuertes sus hombros anchos y la cordillera de sus vértebras como papel de calco.

            Luna llena se desliza por un pliegue buscando una mejor posición, necesita verle la cara, como todas las noches, necesita ver esos ojos tristes que de vez en cuando lloran, esa boca que pronuncia un nombre en un susurro y solo en casos de extremo dolor, resuena en el cuarto.  

            No lo consigue, luna llena reflexiona un instante, vuelve a mirar la amplia espalda y decide que debe dar la vuelta a la casa, ir hacía el patio, bajar desde la terraza hasta el cuarto y escudriñar por el ventanuco de la cocina, donde él suele escribir, quizás desde allí pueda verle la cara. 

          

 Rueda teja por teja, salta con los altibajos del tejado y más de una vez estuvo a punto de caer con todos sus volcanes hasta el patio, metros más abajo. La noche avanza indiferente a ella, las nubes bajan congelando a su paso todo lo que tocan, debe darse prisa antes que la luz derrote a las sombras. 

            Al llegar al séptimo se encuentra con una multitud de sueños peleando entre si, al intentar entrar todos al mismo tiempo por una estrecha ventana, se amontonan, se dan codazos, se retuercen la cabeza o se muerden rabiosamente pero lo único que consiguen es formar un nudo que crece a cada puñetazo. 

            No niega que siente curiosidad, le hubiera gustado remontar aquel nudo y poder asomarse a esa ventana, ver quien duerme en ella y por qué provoca tanto alboroto, pero la necesidad imperiosa de ver el rostro de ese hombre escribiente le apremia, se da un golpecito en el mayor de sus volcanes y continua su ascenso, llega hasta el tejado, esquiva las antenas de la revisión, otra de una compañía de teléfonos, unos cuantos cubos de basura y unas camisas moviendo los brazos en la oscuridad. Llega hasta la parte trasera de la terraza, se desliza hacía abajo hasta llegar al cuarto, pasa sobre la ventana del salón y está en tinieblas, llega a la del cuarto de invitados, y la escena es la misma, un cuadro negro sin matices, empinándose un poco alcanza el ventanuco de la cocina, y ahí está, el hombre, su cabeza, su nariz, sus manos volando sobre las teclas del ordenador, los mismos gestos de duda, de reflexión, los mismos tics, el mismo movimiento de la mano que conduce un cigarro desde el cenicero hasta esos labios que tantas veces soñó con besar. 

            Da una voltereta, a punto estuvo de caerse. Ahí está, es el mismo hombre, entonces por qué no siente nada, dónde fue aquel fuego que él provocaba solo con recordarlo. No lo logra entender, necesita apoyarse en algo para darse un tiempo y pensar, sin darse cuenta, se desliza dentro de la cocina, se escurre por los calderos colgados y se vé en el fondo de uno de ellos. Esa imagen no es la de ella. No se reconoce, casi se muere del susto, pero fue solo un instante de confusión, pasado el cual, supo por qué ya no le dolía el estómago cuando lo recordaba. Ahora era cuarto creciente.