Abajo está el mar, desde la terraza del hotel no lo puedo ver porque hay una pared de ladrillos revestidos de cal blanca, construida muy recientemente. La pared tiene un gran agujero central de lado a lado pero de solo 20 cms. de ancho, lo que permite ver unicamente una estrecha franja del mar. En la parte superior hay cuadros de unos 50 cms. separados y colocados a diferentes alturas a lo largo y ancho de la pared, así que además de esa franja, también podemos ver recuadros de tonalidades azules, apenas interrumpidas por blancas nubes y en los más bajos, la cresta de las olas. 

           Por el ruido de las olas podemos adivinar que es una playa para surfistas, aunque no los veamos completamente, desde nuestro punto de vista parecen insignificantes. 

            Una niña vestida de blanco se suelta de mi mano y corre hasta la pared blanca, quiere ver el mar. Yo corro tras ella porque la pared aún está débil, el cemento no se ha secado y la niña podría caer al precipicio. 

           Ella se suelta de mi mano, me rechaza con fuerza, así que la dejo, pero me coloco a su lado, a su espalda, pendiente de sus movimientos para estar atenta a cogerla si la pared cede. 

        Abajo, se ve la cinta de mar, vemos que se estrecha como un largo brazo dibujando un sendero que desemboca en una piscina, hay unos jóvenes divirtiéndose, correteando y riendo. Sus risas nos estallan en las orejas, tengo la sensación de estar en los dos sitios, arriba con la niña y abajo con los jóvenes. 

      También me veo subida al caballo blanco de un tío vivo, uno de los jóvenes me había besado pero el tío vivo empezó a andar y él quedo rezagado, se arrinconó para dejar pasar los caballos y desde allí me miraba como queriéndome alcanzar, pero al mismo tiempo enfurruñado. Yo lo llamaba, le gritaba, le hacía señas para que volviera a mi lado pero él seguía en su misma actitud, en una de las vueltas alcancé a rozar su brazo, tenía una chaqueta de cuero marrón, su cara era preciosa, aún con el ceño enfurruñado, sus ojos profundos y verdes como el mar que nos rodeaba. 

 

El tío vivo sigue girando pero el tiempo pasa, él no viene hacía mi y la imagen de él besándome sigue impulsandome a llamarlo a pesar de que los años ya han cumplido su misión.