Una rabia como lava ardiendo le recorrió el cuerpo cuando el rostro frio de su jefe le habló de los cambios en la empresa; con voz gélida le soltaba, que así las cosas pasaría a ocupar un lugar diferente en la oficina, tendría otro escritorio, en frente de él se sentarían personas con caras desconocidas a las que tardaría un tiempo en desenmascarar. Un nuevo perchero donde colgar el abrigo, un cajón al fondo de su escritorio donde trasladar sus revistas y libros de auto-ayuda.

            Eran demasiados cambios en una centésima de segundo y no sabía con que antifaz cubrir su rostro para no delatar sus emociones. Tampoco las palabras acudían en su ayuda. Dejó que su jefe hablara hasta el final y ante la pregunta de qué le parecía, se quedó mudo.

 

            No sé, salió de su boca al rato y el jefe le regaló unos escasos segundos de su precioso tiempo, luego se marchó.

 

            Se sentó en la nueva silla, miró a sus compañeros, en sus gestos, sobre todo en el de una mujer, le pareció ver una sonrisa de franca amistad, aunque minutos más tarde dudó si aquel fugaz calor no sería producto de su alborotada imaginación.

 

            Miró el pequeño y anticuado ordenador en el que a partir de ahora haría su trabajo y la indignación reavivó la circulación de la sangre en sus venas. No era posible, eso era como un insulto, ese ordenador tenía una pantalla pequeñísima y él estaba acostumbrado a los grandes, de plasma, modernos y dotados con los mejores programas de diseño - una voz en su interior le dijo - no eres diseñador.

 

            Su mente empezó a crear un discurso de respuesta al jefe, por supuesto no aceptaría el cambio, él quería su modernísimo ordenador, sus programas de diseño, el color y la velocidad de su conexión a internet, esto de ahora era un paso atrás y a su edad no lo podía soportar, no lo podía aceptar de ninguna manera.

 

            Su jefe volvió a acercarse, se sentó en frente de él y le preguntó que le parecía el cambio.

 

            Él empezó su alegato que - estaba seguro - le devolvería sus privilegios, habló con detalle de la minuciosidad de su trabajo y de lo indispensable que le resultaba trabajar con su ordenador de última generación. El jefe escuchaba en silencio.

 

            A medida que avanzaba en su discurso se iba dando cuenta de que su trabajo se podía hacer perfectamente en aquel vetusto ordenador, su labor consistía en registrar la labor de los demás, y para ello, no necesita programas de diseño, menos aún internet de alta velocidad, por primera vez en su vida sintió que su trabajo era bastante prosaico, casi innecesario y se sintió avergonzado, agachó la cabeza, se despidió de su trabajo sin esperar respuesta y a pesar de los ojos de esa compañera que lo miraba… ¿con amor?

 

            Al salir por el pasillo del edificio y enfrentarse a la calle en una hora en que jamás lo había hecho se sintió libre, feliz, tan exultante se hallaba que de su garganta salió un alarido profundo y lastimero.

 

            Horas más tarde, sentado en un banco del parque, rellenaba páginas en blanco describiendo los dibujos que hacían sobre las baldosas las patas de las palomas.