El deseo enturbia su razón, enloquece sus sentidos, la impulsa a recorrer espacios insospechados hasta alcanzar su objetivo. Lo ve nada más llegar, una sombra oscura delante de una ventana, vestido de negro y con la sonrisa brillando en su rostro como un sol.   

            Sin pensar se acerca, lo toca, lo va llevando a su territorio de afanes, pero sus intenciones se truncan; a sus fronteras llegan otras mujeres, otros hombres, incluso niños que van creando una muralla entre ella y su objetivo hasta el punto de que tiene que ponerse de puntillas para verlo.

            En su impotencia el deseo reaviva sus bríos, empuja, sacude, desplaza hasta dejar el campo libre junto a él, lo besa con prisas - el tiempo puede ser su peor enemigo - le contagia, lo revive, insufla ardores en su piel dormida y buscan un sitio en soledad.

            La puerta se abre, las paredes blancas los saludan y por un instante ella piensa que podrá poner punto final a su fuego, pero dos pasos tras el portal, hay un adolescente, un niño de siete años que mira asombrado y curioso, una cuna…

            Lo siento - pide disculpas - cierra la puerta.