Se recuesta sobre el respaldo del asiento y sonríe satisfecho de su obra. Sobre la mesa están perfectamente colocadas la bandeja, las tazas: dos, la tetera, la lechera, la mantequillera, el pote de mermelada, las cucharillas, las servilletas. Se inclina para revisar las distancias entre objeto y objeto, vuelve a sonreír. Perfecto dicen sus labios en silencio.
            Después observa la cesta con los panecillos, la bandeja con las galletas, sus ojos aprueban, ante ellos se abre un espectáculo estético y gastronómico como nunca antes había tenido la oportunidad de hacerlo o presenciarlo.
 
            Cruza las rodillas afectadamente, coloca las manos sobre sus muslos y mira al infinito, en ese infinito se dibujan árboles, caminos de piedra, cartas danzantes dirigidas por la reina de corazones, pájaros multicolores y música, la música parece emanar de todos los objetos, al principio choca un poco, pero pronto los sonidos se entonan y se funden creando una melodía universal.
 
            Ese infinito es el pasillo al mundo de la fantasía, igual que en el cuento, solamente tendría que seguir al conejo y correr con los ojos cerrados esperando que de un momento a otro la tierra se abra y él caiga en ese otro mundo donde todo es posible.
 
            Aunque no me lo crean, este hombre no cree en cuentos de hadas, ninguna noche su madre, o su padre le leyó algo acerca de unas zapatillas de cristal o brujas malvadas, tampoco escuchó nada sobre odiseas de héroes invulnerables, ni armas poderosas capaces de derribar o desaparecer imperios enteros, ni barcos, ni aviones supersónicos. Sus noches eran retazos negros perforados de estrellas escuchando a los cucarrones entrechocar sus antenas.
            Se sirve un poco de té, alza el rostro como esperando una señal de asentimiento, al cabo de unos segundos llena hasta la mitad la otra taza, observando que no se escape ni una gota sobre el mantel, luego mira otra vez al frente y coloca la tetera en la mesa, toma la lechera, sirve a su invitado, después  se sirve él, se miran a los ojos, se llevan la taza a los labios,  sus manos la depositan con cuidado para lentamente tomar panecillos o galletas.
 
            Sin que lo puedan evitar, algunas briznas caen sobre el mantel, dibujan líneas definidas sobre el lino blanco que van creciendo hasta que la última gota de té desaparece de sus labios.
 
            Vuelve a recostarse contra el respaldo de su silla, mira su reloj diciendo que ya es su tiempo y se aproxima a la línea del infinito, camina sobre ella con la frente en alto sin mirar ni por un segundo hacía atrás, se acerca a su mujer y le da un beso en la nuca.

            El estofado huele bien le dice mientras escoge los cubiertos para la cena.