Cuando era niña miraba las muñecas con cierta aprehensión, no le gustaban esos ojos inexpresivos ni esa cara de plástico con rubor artificial en los cachetes, por eso odiaba la navidad, aunque eso era impropio para una niña de su edad. Desde que tenía meses se dio cuenta de que abrir la boca, a veces es muy peligroso.

            No le importó mucho, el sacrificio no era doloroso, bastaba con sonreír al romper el papel de regalo, mostrarla a sus hermanos y en cuanto su hermana pequeña - que siempre quería todo lo que no le pertenecía -  no ponía ningún reparo en dársela. Lo cual era una ventaja, su madre la consideraba una niña buena.