Sucedió cuando estaba nadando. Se coló en su cerebro veloz como una flecha, tan rápido y fugaz que no le dio tiempo a determinar si fue una frase, o una imagen o un sentimiento, de lo que si se dio cuenta fue de las consecuencias.

            De repente era libre, se sentía ligera, incluso llegó a pensar, que si se lo proponía, podría echarse a volar, y como a veces el conocimiento da origen a la acción, se vio sobrevolando los tejados de la ciudad, suspendida felizmente en el vacío de la ingravidez.

            Con que placer veía los rectángulos de los edificios muy lejos de su cuerpo, como pequeñas colmenas enmarcadas por cintas de asfalto recubiertas de vehículos apretujados gritando al unísono agudos aullidos lastimeros.

            Al principio se interesó por descifrar esos aullidos y redujo la distancia entre su cuerpo y la tierra, pero aquellos sonidos hirieron sus oídos, aunque también, la cercanía de la tierra le proporcionó el placer de oler las flores en los jardines, o los alimentos que emanaban de las cocinas humanas. Sin embargo, obedeciendo a los músculos de su cuerpo, pronto remontó los aires y se alejó de las ciudades, se internó entre nubes de algodón frio, saltó de cúmulo en cúmulo hasta que se rindió a la placidez envolvente que le ofrecían los cirros.

            Gracias a esas alturas pudo desprenderse de cuanto lastre había cargado durante tantos años, producto de la mente acalorada de un loco que un día decidió que ese órgano rojo que se encontraba en su pecho sólo palpitaría al escuchar la voz ronca y grave de un hombre y que por ese hombre iba dejar de lado su bello plumaje y su bucólico entorno.