Yo empecé a sospechar que la abuela se traía algo entre manos cuando vi que recogía semillas rojas y teñía las lanas de sus ovejas, sin embargo ella solo cantaba. Si le preguntabas ¿cómo amaneciste hoy abuela?, ella me miraba a los ojos y abría sus labios para cantarme que se encontraba muy bien. Yo le inventaba cada semana pretextos a mi madre para pasar más tiempo con ella, me gustaba oír su voz desafinada en medio del silencio terrenal.
            Su voz llenaba mi alma de alegría, aunque a veces graznara como un cuervo, a mi eso no me importaba, creo que había algo más detrás de esos sonidos que salían de su boca, lo que me hacía buscarla cada vez con mayor apremio, claro, esto me alejaba cada más de mi madre, porque de sus labios sólo salían órdenes, deberes, obligaciones. Muchas veces me despertaba sudando porque había soñado que no había sido lo suficientemente correcta, o amable o servicial y mi madre me castigaba por ello.
            No es que odiara a mamá, simplemente me aburría de seguir esa ruta que ella cumplía cada segundo de sus días, aunque me avergonzaba por esos sentimientos, no podía evitarlos, estaban ahí aunque yo metiera dentro de mi toda la buena intención de que era capaz.
            En cambio la abuela no trazaba rutas, la abuela se lanzaba con los ojos cerrados y la boca abierta a sus horas de vigilia, supongo que porque ya no le importaba nada y eso debe ser muy bueno para que los ojos brillen de esa manera y la felicidad se cuele por todos los poros de la piel.
            Caminando un día a casa de la abuela, una voz me susurró, o brotó de alguna parte de mi cerebro qué talvez no debería preocuparme por estar con un pie en el mundo de la abuela y otro en el de mamá, qué quizás existiese un segundo, o un tercero o un número infinito de mundos agazapados detrás de las hojas de los árboles.
            El interrogante se me clavó como un cuchillo entre las costillas, eso podría ser, deberían existir millones de mundos, pero cómo podría visitarlos, o verlos, aunque fuera de lejos, o palparlos si se hicieran tangibles. El ceño se me arrugó, la boca se me torció en un feo gesto de duda y los dedos se anudaban dentro de mis bolsillos tratando de contar el número posible de mundos que podría tener a mi alcance.             Ese día caminé sin sentido ni rumbo, necesitaba aclarar mis ideas, despejar ese interrogante que ya empezaba a pesarme, necesitaba saber, aunque por debajo de mi razón, una voz me susurraba que debía ir a ver a la abuela o si no se preocuparía, o volverme a casa junto a mamá, pero no podía dejar de caminar.
              - ¿Y qué pasó con la niña mamá?
            - Aquí dice que un lobo… pero eso es otra historia.