A ella lo que más le gustaba era estar al día de cuanto le rodeaba, le encantaba saber qué hacían aquellos, ella o aquél, y no es que tuviera un interés malsano, simplemente le gustaba saber cosas acerca de los demás.
            Todos los días recorría las calles en busca de información, a veces, las veinti-cuatro horas no eran suficientes, lo que la obligaba a limitar la extensión de su territorio para evitar el cansancio de su cuerpo, hasta que aprendió a escuchar solo lo que le llamaba la atención y lo que consideraba importante, sabía calcular qué tiempo le daba a la pared, a la farola de la esquina, al tacho de basura a las ventanas, puertas o árboles que vigilaban las calles de su barrio.
            Aún así, su cuerpo parecía debilitarse por momentos, sus pies se hinchaban y muchas noches no podía regresar a su refugio, lo que la obligaba a camuflarse entre las hojas de las copas de los árboles o en papeles sucios y arrugados arrastrados por el viento,  que veces, se convertía en su peor enemigo.
 
            En esos momentos de apuro, evaluaba la posibilidad de contactar con el mago de los mocos verdes, a ver si le ayudaba con algún artilugio que le permitiera estar al tanto de las acciones de los demás sin moverse mucho de su refugio.
            Y esa noche, precisamente estaba en un apuro gracias a ese maldito viento que la iba alejando cada vez más de su refugio y que parecía no tener ningún deseo de parar; en su desesperación invocó al mago de los mocos verdes, le susurró ayuda pero pasaban los segundos y el mago no aparecía, esto la obligó, ya desesperada a gritarle temiendo que con los años se hubiese vuelto sordo como una tapia.
            Por más que gritó hasta que su garganta empezó a sangrar, el mago no dio señales de vida, rendida y exhausta estaba a punto de abandonarse a su mala suerte, cuando algo apareció entre sus dedos. Era un objeto oblongo, de bordes armoniosamente redondeados y cuyo centro era frio y duro, mientras que la parte inferior terminaba en una especie de mango que se adaptaba perfectamente al contorno de sus dedos.             Su cerebro le informó que se trataba de un antiguo espejo, pero esta certeza la desconsoló aún más, ¿qué diablos iba a hacer ella con un espejo? Sin duda el mago había perdido todas sus facultades, ahora si que no había salvación.
            - No lo creas así, le dijo el espejo, sé que mi reputación me precede y todo el mundo me asocia con aquello que ellos quieren ver, aunque saben que no existe en realidad, créeme yo puedo serte de mucha ayuda.
            - No veo como puedes hacerlo en estos momentos que carezco de voluntad y que el viento juega a su antojo con mi cuerpo.           
            - Ah, déjame obrar sin intentar saber, necesito tu confianza, sólo así podré ser útil.
            Ella le dio autorización, no tenía nada que perder, si el espejo tenía éxito se salvaría, sino, acabaría sus días en medio de la nada.
            En un segundo empezó a sentir que su cuerpo se despedazaba y se arrepintió de haber confiado en ese estúpido espejo, sin embargo no tuvo tiempo de lamentarse mucho, su cuerpo era ahora un cúmulo de formas que se iban fijando a una hoja en blanco hasta llenarla completamente, luego le colocaron encima un paño cálido y todo fue oscuridad.
            Muchos años después, una luz dispersó las tinieblas y una voz fue uniendo las letras que formaron su cuerpo hasta que empezó a reconocerse, volvió  a sentir el afán por saber cosas de los demás, sin embargo las palabras que salieron de sus labios fueron: ¿quién es la más bella?