Si es verdad que un ojo inmenso nos contempla desde lo alto, no tengo duda de que verá, que una foto de un complejo turístico, no es más que un espejismo. Todo es cuestión de puntos de vista.

            El ojo ve a una pareja tallada por horas de gimnasio, teñida de soles retozando en una esquina de la piscina azul con forma de nube. Si achina los ojos un poquitín, el ojo verá a la derecha a cuatro mujeres de la misma factura pero retozando sobre felpudas toallas de algodón, mostrando dientes enfilados a punta de torturas metálicas.

         Si el ojo tuviera oídos podía escuchar murmullos malintencionados, apuestas crueles y retos estúpidos lanzados en ondeantes susurros hasta la mujer que retoza con el chico en la esquina opuesta.

            La mujer los recibe, los guarda en la palma de su mano mientras sus labios muerden la barbilla del chico, su nariz, vera como luego le tiende la mano con los retos bailando sobre la punta de sus dedos mientras lo encadena a su mirada.

            Lo abandona un segundo, mira a sus amigas, se hunde en el agua y brota pegada al cuerpo del chico, le muerde el cuello, le sella los labios, se aleja de él, ahora, de espaldas lo rodea, alza las piernas y atrapa su cuello. Quisiera decirle que ella ha dejado de ser, que ahora pertenece a las furias de la esquina opuesta y sus piernas se convierten en bloques de acero clavados en las clavículas del chico, lo hunden en el azul profundo, para segundos después devolverlo al azul del cielo y entre agua y cielo con movimientos ágiles la vida varonil huye.

            Las amigas explotan en el agua de felicidad y el ojo se cierra aburrido de ver siempre lo mismo.