Tenía la conciencia en algún lugar dormido y anónimo, en el que me encontraba muy feliz, sin saber que vivía dentro de la felicidad misma, limpia de conceptos, de pasados o de futuros hasta que un dedo empezó a golpear con insistencia la membrana que revestía el mundo.

            No causaba grandes oleajes, ni ruidos extravagantes, solo un hundimiento constante que pronto empezó a producir ruido como de alientos lejanos, después se  sincronizó, ganó velocidad produciendo ecos que penetraron la membrana, avanzaron hasta mi cuerpo, me rodearon con sus jadeos en la oscuridad.

            Mi mitad izquierda cobró conciencia y le dijo a la derecha. Miriam está teniendo sexo.

            Y Miriam se convirtió en una gran sonrisa detrás de mis ojos, humedeció mis labios  y bajo rauda titilando como una luciérnaga hasta el medio de mis piernas.

            Ahora es perfecta, dijo mi mitad izquierda a la derecha.

            Sexo,  es lo que necesitaba la casa, dijo la derecha.