Yo diseñé la habitación del amor, pinté las paredes de libertad, colgué cuadros de todos los universos posibles, un armario grande sin fondo, una ventana que daba a la vida, una mesita de noche con una lámpara mágica, una cama enorme para dormir entre tus piernas y una almohada de plumas ávidas para que cada noche absorbiera tus monstruos nocturnos, equipada con un sistema tecnológico para reconvertir lo malo en bueno.
     Ahí estaba mi habitación virtual, en ella la felicidad no tendría los inconvenientes humanos, jamás pasará por el tapiz de cerebros racionales e incrédulos, no se someterá a juicio ni a conveniencias, no ahogaría el aliento del amor y cada día vendría con mucho espacio para llenar.
     ¿Qué m‡s se puede pedir?
     Nada, pues tiempo tenía suficiente, amor tenía para desbordar universos reales o no,  bastaba un click y tu anatomía me dejaba sin respiración, porque yo lo quería, que quede claro.
     Eras perfecto, eras el motor de mi corriente sanguínea, la voz de mi garganta, la imagen de mis ojos, la piel que me erizaba cada noche cuando la almohada recibía mi cabeza  exhausta de amar. Yo la colocaba con cuidado entre mi cuello y mis labios, hundía mi nariz entre sus plumas para inundarme de tu olor - tu decías que era mi olor, pero no, era el tuyo -  esa fue una discusión que tuvimos una larga noche y creo que terminó en empate técnico. La almohada era el refugio, la calidez, la suavidad, el lugar ideal donde cerrar los ojos para los baños cerebrales que nos dejaban nuevos para reinventar el amor.
     No nos dimos cuenta, sin embargo que el tiempo dejó de ser invisible para repetirse en números cifrados delante de nuestras narices, en un algo que de pronto desaparece o reaparece en un universo amorfo y oscuro. Vivir sin esa conciencia fue nuestro estado ideal, deslizarse por los vericuetos virtuales de una habitación, por pequeña se parece mucho a la libertad y todo podría haber seguido así de punto luminoso en punto luminoso hasta que un calambre en la espina dorsal despierta la conciencia y te das cuenta que tienes un antifaz sobre los ojos y en cada centímetro de tu piel hay un cable que te ata como un polo a tierra.