¿Así qué usted dice que yo lo llamo todas las noches, todos los días?

            Que no lo dejo respirar, que mi presencia asfixia su existencia, que le robo los pensamientos cada noche, que me pongo delante de sus ojos y le impido ver el mundo con claridad, que he atado su lengua y la pobre solo puede pronunciar mi nombre cada vez que abre la boca.

            No me mire así, el color de sus mejillas ha desaparecido, sus labios se han quedado blancos, ¿qué le pasa?

            Miré hacía donde él miraba y yo también palidecí, los labios se me quedaron blancos y la lengua pronunció mi propio nombre. Nunca había visto esa horrible sonrisa en mis labios.