Cuando de niña veía las películas y aparecía la palabra fin, sabía que debía irme a la cama, cepillarme los dientes y todo eso. Cosas que hacía obedientemente pero muy rápido y de forma no muy juiciosa, porque tenía prisa por llegar a la cama y continuar mi propia película. Y era precisamente eso lo que hacía en el momento de apagar la luz - otro fin - me inventaba otra historia a partir de esas letras, tenía el poder de revivir personajes, o devolverles el habla, los amores, las aventuras hasta que caía dormida.
 
            Cuando desperté al sexo y me mandaban a la cama antes de empezar determinadas películas, también ponía imágenes a eso que imaginaba y lo que sentía entre las piernas, mi mente era muy prolija en aquellos avatares y decidí borrar las letras esas hasta que el sueño me vencía.

            Durante muchos años me llevé bien con la dichosa palabrita, incluso a veces la pronunciaba con orgullo delante de los amantes a quienes ya no deseaba más. Yo, ponía mi mejor cara, no muy dura, no me gusta hacer sufrir a los demás y mis labios la extraían de mi cerebro para salir suavemente hasta los oídos de los afectados.

            Iba pasando impunemente por la vida, de espaldas a esas malditas letras, incluso, a veces creía que la naturaleza me había provisto de un caparazón blindado, pues éstas resbalaban por mi piel sin dejar huella.

            Muchas baldosas he pisado, muchos años he vivido en mi crisálida soñando mis mundos imperfectos, tejiendo mis sueños, dando voz y cuerpo a mujeres que ascienden por las sábanas del placer o peldaños de cemento provistas de botas con suelas metálicas, muchos ejércitos de mujeres han salido de mis neblinas y aunque se han ido, de vez en cuando vuelven para replantear mis bocetos iniciales, el tiempo no existe, la vida no sabe de esas letras y ahora mismo me dispongo a replantear…

            Ahora que veo tu cara triste exhibiendo ese maldito cartel con las tres letras me doy cuenta de que ya no soy la dueña de mi final. Has puesto un punto grande, negro y claro ante mi y el mundo desapareció. No tengo cama para huir, no tengo cerebro para inventar nuevos capítulos… te das la vuelta y desaparecen las palabras… desaparezco yo.