A veces me cuesta identificar qué es ficción y qué es realidad, al fin y al cabo, si vivimos fingiendo; esa vivencia, por tanto, puede ser real. Y, si mentimos, esa mentira también puede ser verdad, si nos imaginamos un mundo perfecto, esa perfección existe, aunque sea solo en nuestra cabeza.

     Como ven, un galimatías cerebral que me aturdía mientras contemplaba el rostro de mi mejor amiga, las verdades y las mentiras chisporroteaban en los destellos dorados de sus hermosos ojos, las convicciones se resbalaban por su nariz y se quedaban temblando en sus labios, mientras contemplaban emerger de ellos mariposas de colores portando palabras que se escondían en mis oídos y que anulaban mi inteligencia.

    Mi cabeza empezó a afirmar, mi cuerpo aceptó lo que se me pedía, en algún cajón de  mi conciencia quedó un nombre, una descripción física, una rutina de entradas y salidas, un arma, un callejón, un coche, una puerta que se abre y me libera. Sin embargo, de un resquicio surgió una pregunta, un asombro, una especie de miedo que desapareció cuando la imagen de mi misma se me plantó delante con un letrero kilométrico: no sabes decir no.

     Después de esa pancarta quedó la imagen de una certeza: quiero dar gusto a todo el mundo, sobre todo a mis amigos, y me gusta que les quede bien claro, que haría lo que fuera por ellos, que ellos pueden contar conmigo siempre, pues jamás les fallaré.

     Claro, a veces no estoy muy segura de que eso ha quedado claro, así que repaso el plan dado, lo repito cien veces hasta aprendérmelo de memoria sin pensar, calculo el tiempo, las distancias, la fuerza de mi brazo, la presión sobre el gatillo. Cada movimiento tendrá una duración en el tiempo humano, cada escena queda cronometrada y fijada en el escenario real y con ese libreto entre mis neuronas camino hasta el punto de partida.

     Me coloco junto a una farola, cuento los barrotes de las rejas, observo que han podado los árboles de una manera cómica, como setas en Liliput y personajes con libros en la mano, desfilan con el hambre royendo las entrañas, luego la puerta del fondo se abre, aparece la víctima y se dirige a la parada del autobús. Es una mujer mayor, tiene el pelo muy liso, rubio, casi blanco y en el craneo deja ver retazos de cuero cabelludo y sin embargo parece una lolita manga. Una vez identificada, me acerco lentamente y veo que lleva en las manos un tambor de tonner para una fotocopiadora.    
     Lolita manga se convierte en bibliotecaria, saca fotocopias de libros, de apuntes, de chuletas para aprobar exámenes, los dedos de uñas negras apilan hojas, las grapan y las entregan sonrientes a jóvenes que guiñan el ojo pidiéndole complicidad, aunque en realidad quieren decir si te chivas al dire, vamos a por ti.

     Las campanas de la iglesia rompen la imagen de la bibliotecaria Lolita manga y la conciencia del tiempo ido quiebra el plan. Ha pasado la hora.  

     Lolita manga vivirá un poco más.

     Vuelvo sobre mis pasos, repaso lo sucedido y cargo un letrero sobre mis hombros: imposible.
    

     Camino hasta el callejón, veo el coche con la puerta abierta y en el fondo el rostro de ella. 

     La imagen desaparece y ahora solo palabras salen de mi boca apretadas por el deseo de que me entienda, de que sepa que si le fallé no fue culpa mía, saco de mis bolsillos el sobre con el dinero y dos bananas que me habían dado por adelantado y lo lanzo sobre su falda. Sus manos lo toman, sus labios me sonríen, pero siento que todo ha cambiado entre nosotras.