La felicidad es un estado de enajenación que tiene el poder de anular la parte racional de nuestro cerebro, sí, exactamente ésta - mostraba el conferenciante con el boli láser jugueteando entre los recovecos de un cerebro gigante en la pantalla ante su público.

             A ella le hubiese gustado, en ese preciso momento, ser tan ágil como la luz verde que brincaba por entre los cauces de esa gigantesca masa asquerosa           

            El ser humano tiende a excitarse con la evocación de esas letras, los pensamientos, cuando los hay, se aceleran y construyen mundos fantásticos tan ricos en detalles y con descripciones tan vívidas que rozan la realidad.
            A él, excitarse le gustaba y además le encantaba huir de vez en cuando de la realidad, incluso lo consideraba su droga personal, ¿por qué no? otros toman prozac.
            En ocasiones la voluntad falla y es ahí en donde radica el peligro de la felicidad, porque la felicidad…
            
La felicidad, la felicidad, los momentos felices, el estado ideal… conceptos, letras alineadas formando ejércitos de palabras que se desgastan, se convierten en hilachas desvaídas que se arremolinan entre los bolsillos… pensaba un joven sentado en la cuarta fila.

… puede provocar estado de ansiedad que llegan a dañar órganos de suma importancia para el funcionamiento de nuestro cuerpo

            La voz del conferenciante empezó a disminuir su intensidad, como si hablara en cámara lenta, luego bajó de tono, como si alguien hubiese tocado por equivocación el botón del sonido hasta desaparecer completamente. El conferenciante miró a su auditorio, sus ojos recorrieron uno a uno los rostros de su público, una anciana muy atractiva lo miraba con los ojos como del revés, sí parecía que lo miraba pero en realidad estaba mirando para atrás,  un hombre parecía reirse, sus labios húmedos se movían con cierta picardía, como si paladeara sabores de tiempos idos y… el joven sentado en la cuarta fila tenía los ojos cerrados pero de su cuerpo emanaba un vaho cálido como si su cuerpo estuviera ardiendo.

            El conferenciante bajó del escenario, se paseó por entre las filas, pasaba sus manos delante de los ojos de los asistentes y a éstos no parecía incomodarles. En la gran pantalla el cerebro brillaba de manera extraña, se sentó y pensó que jugaba al fútbol feliz en el parque.