Quien tuvo el privilegio de crecer, por ejemplo, al lado de una abuela loca metida todo el día entre orquídeas, geranios y rosales seguro que echará de menos esa manera que tenían ellas de enseñar a sus nietos, a ser mejores personas a través sentencias más o menos largas que terminaban inexorablemente con, "eso pasa siempre, cuando se miente, se roba, o se portan mal".

          Y los nietos se iban a la cama mirando furtivamente hacía la oscuridad no fuera que el demonio, los lobos o algún mayor los estuviese mirando para raptarlos al menor descuido o castigarlos por haber robado el último pan que quedaba, o por haber tirado a la basura las espinacas.

         La escuela se encargó de quitar las telarañas de la cabeza, se aceptó que esas historias estaban agrupadas dentro de una etiqueta llamada fábula, se aprendieron de memoria unas cuantas para el examen de fin de año, se aprobó y se quedaron en el olvido.

        La abuela murió y los padres nunca tuvieron tiempo para contar historias, se dedicaron a leerlas y éstas cambiaron el final, ya ellos no los mandaban a la cama con el "eso pasa siempre que.." sino que los tapaban con la manta y un "comieron perdices para siempre" cerraba sus pestañas.

        Aquellos nietos ya tienen hijos y éstos ni siquiera han escuchado la palabra fábula, se burlan de aquello que huela a "comieron perdices" y se duermen con los pitidos del what's app bajo la almohada. Sin embargo, el "eso pasa siempre que…" sigue teniendo vigencia porque el mundo ha cambiado, pero el hombre no y aunque las fábulas se quedaron en ese limbo llamado clásico, casi nadie se atreve a pisar sus empolvadas baldosas.

         Siglo XXI, siglo de tecnología, pero también de pensamiento reflexivo, si fuera posible, al que le convendría mucho mirar al pasado y airear esas historias, no ya como cuando se era niño y se estaba lleno de temor, sino para analizar el presente y diseñar el futuro.

       He aquí una de esas reliquias que valdría recordar en estos tiempos convulsos:

       El Gato y el Ratón

      Había una vez un pequeño ratón, que vivía en la casa de una mujer vieja. La señora, que temía de estas criaturas, colocó muchas trampas para matar el ratón. El ratón asustado le pide ayuda al gato de la mujer.

      -¿Podrías ayudarme, lindo gatito? - le dijo al gato.

      -Si...¿En que? - respondió este.

       -Solo quita las trampas de la casa - dijo el ratón.

       -Mmm... y ...¿que me das a cambio? - dijo el gato.

      -Finjo ante la señora que estoy muerto, ya que tu me has matado, ella creerá que eres un héroe - respondió el ratón.

       -Me has convencido - dijo el gato.

       El gato sacó las trampas de la casa, pero el ratón nunca cumplió su parte del trato. Un día la señora descubrió que fue el gato quien sacó las trampas, ella muy enfadada decide dejar al gato en la calle.