La cara de mi amiga cuando decidí comprar aquel maniquí fue como una sentencia: loca.
            Yo me asusté, sin embargo gasté mis pocos centavos sin pensar en que no podríamos tomarnos ese café que le había prometido, ni ir al cine, en cambio podía llevarme ese cuerpo de plástico a casa, lo pondría en el pasillo…
            Eso hice.
            Llegué a casa, coloqué el maniquí en el pasillo y me senté de frente a contemplarlo, al cabo de un rato un impulso me obligó a desarmar su cabeza y encontré un nudo de imágenes bastante apretado y que sin embargo empecé a tirar cuidadosamente para ver lo que había: así, me vi a mi misma limpiando mi casa, tirada por el piso arrancando la vida de las paredes, sintiendo en mis manos girones de comidas, pelotas de pelos que alguna vez brillaron y se ondearon al viento, voces roncas, suaves, amorosas o crueles; también sombras de presencias amadas.
            Luego, me fui a la cama y puse la pelota de imágenes en mi mesita de noche. A veces, las estupideces ayudan a vivir, a lo mejor mañana encuentro...