Las pestañas enredadas en el pasado asfixian el presente, sin embargo un aliento cálido, como cuando me hablabas al oído, sopló entre ellas y me dejó entrever un muro blanco.
            No es más que una pared de ladrillo, piedra o roca, o cristal. Una pared que impide el paso, que limita y encajona.
            Solo bastaría otro aliento tuyo para que al mover mis pestañas la pared blanca se convirtiera en nube gaseosa para atravesarla y encontrar una vida y un amante.
            Las uñas rojas cascan un huevo sobre el borde de la estufa, el pulgar se hunde, rasga y la clara se escurre provocando un chisporroteo, como un lamento que rompe el silencio de acciones solitarias… entonces, quizá, la vida y un amante.