Hora punta, humanidad desbordada, autobuses devoradores de calles, afán convertido en atmósfera, urgencias primarias comiendo cerebros, cuerpos que se balancean aferrados a  agarraderas suspendidas al techo de los vehículos públicos.
         Una diminuta mujer en silla de ruedas se abre paso entre talones adoloridos y pantorrillas escaldadas, las injurias de los pasajeros llegan hasta los labios, muchas se congelan ante la imagen de una mujer con cuerpo de silla de ruedas buscando su espacio vital implicando a todo aquel que se quiera sentar, pasar, salir o simplemente estar dentro de su radio de acción.
         A mi no. Me digo tranquila. Ella dispone a su antojo de un orden incómodo, lo sacude por los tobillos, lo vuelve de revés y a mi me salva la distancia. Bendito espacio, benditos siglos convertidos en polvo y recuerdos sepia.
           Sin embargo decido acercarme, le pregunto su nombre - maldita la hora - su lugar de residencia,  me emociono cuando me entero de que es vecina mía.
           Bajamos del autobús, me echo la cartera a mis espaldas,  me dispongo a empujar la silla de ruedas, ella me mira lanzándome destellos ancestrales de rabias contenidas, su boca se tuerce en un desagradable gesto empapado de odio y alza sus manos como creando una barrera a prueba de balas rasantes.
           Me convierto en un estúpido maniquí al lado de la acera, la veo alejarse hasta su casa, pero antes de que cierre la puerta, corro a su lado, me cuelo por una rincón sin que se de cuenta, al menos eso creo, ella cierra con rabia, avanza hasta la ventana desde donde se contempla la calle, la parada del autobús, las personas haciendo cola esperando el siguiente vehículo…
            Yo me quedé a vivir con ella, la sigo paso a paso, no me puedo perder el espectáculo de su vida.
            Ella no me dice nada, sabe que estoy detrás, a su lado derecho o izquierdo, todos los días, todos los minutos, todos los segundos… ella siempre se coloca delante de la ventana y contempla la parada del autobús a la misma hora de nuestro encuentro inicial, luego, al cabo de cuarenta y cinco minutos se aleja y mueve la cabeza en señal de desaprobación.