19 de Mayo, 2013, 5:45: Lady papaHablando de...
Es estrategia comercial de los medios de comunicación principalmente latinos, fichar a jóvenes periodistas voluptuosas, a las que además de ejercer su profesión, se les exige dotes de modelo, actriz y sobre todo enormes dosis de sexualidad ante la pantalla. Y el éxito en audiencia les da la razón a los directivos de las cadenas televisivas. Ningún pobre mortal puede resistirse a perderse los telediarios. Los espectadores y espectadoras, porque a ellas no las podemos dejar fuera, abren los ojos en cuanto la periodista, luciendo taconazos de infarto y enfundada en un vestido a punto de estallar, aparece por la izquierda del plató con su movimiento de caderas avanzando hasta el centro para sentarse como una princesa en frente del personaje que va a entrevistar. El infeliz invitado, no sabe donde poner los ojos frente a aquella anatomía - no se pierdan la cara del pobre Messi, que pasó del desconcierto a tragar saliva literalmente ante aquella presencia femenina - la modelo y periodista de la TV Azteca que lo entrevistó en días pasados -. Seguro que de su memoria se borraron las palabras, el mundo del fútbol, el sabor de la gloria por obtener recientemente la copa de la liga española y los meses de entrenamiento, esfuerzo, lesiones incluidas en su vida cotidiana. No cabe ninguna duda de que este tipo de periodistas son un atractivo reclamo para los espectadores, a todos nos gusta admirar la belleza femenina o masculina, porque ellos también han caído en las redes de la nueva estética, ellos también se retocan, se maquillan, acuden a estilistas y derrochan coquetería. Eso está muy bien, es llamativo, moderno, estético, atrae audiencias y pautas publicitarias millonarias, pero y qué pasa con los pobres mortales que lo único que saben hacer es ganarse premios Nobel, descubrir vacunas, publicar libros, luchar por los derechos de las mujeres o los niños, inventarse nuevas aplicaciones para facilitar la comunicación entre las personas, o hacer teatro, cine, componer música. A nadie parece importarle por qué el escritor X ganó el premio Nobel, ni su obra, no esperemos milagros, así las cosas, el trabajo de toda una vida de dedicación se reduce a tratar de mantener el tipo, evitando mirar los pechos de la presentadora, carraspear y dar a la voz una inflexión lo más lejana posible a esa voz ronca que produce la excitación sexual. Vamos que los invitados son mortales y la belleza, ya sabemos que se las trae. En esta guerra de audiencias todo vale y nadie se va a sentir culpable por usar las herramientas que tiene a mano para mantener en alto sus ratings. La publicidad es muy cruel, exige a los directivos que se expriman sus cerebros para mantener su posición, y en ese esfuerzo el cerebro va desapareciendo. Los invitados, quizás porque no saben lo que les espera en el plató aceptan dar entrevistas, pero una vez librados de los micrófonos y de las luces, una voz en su cerebro muy seguramente les dirá: aquí no vuelvas jamás. Eso es lo que va a suceder. El éxito sexual es como los orgasmos, fugaz mientras que la inteligencia es eterna. Ojalá los directivos se enteraran de una buena vez, que una entrevista es algo muy serio y que es más importante el invitado que la o el presentador, y mucho más importante el trabajo del invitado y sus repercusiones a nivel mundial, más que el modelito, los taconazos de aguja o la silicona.
10 de Mayo, 2013, 16:15: GladysGeneral


             ¿Lo guardamos…?
             Sí, no soy una loca aunque hable en plural y esté sola, sé que no lo estoy, sin embargo lo que no sé, es por qué lo hago.
 
             Debemos guardar todos los objetos valiosos, en el entre-techo de nuestra casa, allí estarán seguros y a salvo, todo lo que hemos ido acumulando a lo largo de nuestras vidas, además de lo que se nos ha adherido a la piel mientras hacíamos el ejercicio de vivir, desde el momento de nacer.
              Vuelvo a lo mismo. Debemos guardar nuestro tesoro, debemos protegerlo de soles y lunas, de nieves y lluvias, que nos atacan por arriba y de las visitas que acechan por abajo.
              Ahí está lo más preciado, lo más entrañable, todo lo que hemos necesitado para respirar, sí, no te rías, también está aquel vestido que tanto te gustaba quitarme.
              Después de guardarlos, después de asegurarnos de que nuestra fortaleza era inexpugnable nos entregamos al sueño,  abandonamos a nuestros cuerpos.
 
             Yo soñé con fuegos artificiales, me encantan las explosiones de luz sobre nuestras cabezas, me sentía tan segura que alcé el vuelo y atrapé una estrella naranja, la encerré entre las palmas de mis manos… era el mejor regalo que podría darte.
 
             El olor a quemado nos despertó. Por inercia saltamos de la cama, huimos, alguien avisó a los bomberos y cuando respiramos, volvimos la vista atrás.
 
             A lo lejos vimos como el techo de nuestra casa explotaba. De él salían estrellas de todos los colores.
 
             Cuando la oscuridad volvió, cuando el frio se apoderó de los rescoldos y el mundo era solo un montón de hierros retorcidos, cristales rotos y maderas humeantes, nos tomamos de la mano y volvimos a nuestra casa. Nos tapamos la nariz para evitar el olor a chamuscado, nuestros pies eludían las brasas y las lágrimas nos hacían perder el equilibrio, las manos derrotadas no querían abrirse, se empeñaban en cerrarse en forma de puños impotentes y las uñas araban surcos sangrientos entre las líneas de la muerte y la vida.
 
             Una eternidad, un agujero se abría espacio entre nuestras barrigas mientras nos mirábamos a los ojos aceptando la derrota. El destino nos ganó, se impuso en su crueldad, se ensañó con dos pobres y patéticos humanos que intentaron la felicidad.
 
             Nada que hacer. Agachamos la cabeza, como reos ante la guillotina.

              Sí. Los dos abrimos los ojos al mismo tiempo. Allí estaba ese vestido que…

 

 

10 de Mayo, 2013, 16:11: GladysGeneral

               Los pies bien puestos sobre la tierra y ante los ojos un infinito verde, algunos árboles abren sus brazos a lado y lado regalando sombra, arriba cielo azul, fría tibieza impenetrable, no montañas, no murallas, no limites; muros que caen y  refugios en frente de los ojos que pretenden ser casas para dejar reposar todos los estados de ánimos.
              No es un solo espacio para contener todos tus mundos, no son ladrillos que un día puedan verte feliz y al instante triste, tampoco almohadas para ahogar o reposar. Son espacios para emociones estables y eternas: uno pequeño justo al alcance de mi mano para que la infancia viva a pesar del deterioro. Un poco más a la derecha, otro para el pensamiento y la reflexión, espacios pequeños que pueden aprovecharse.
              Luego está el salón, el espacio enorme donde caben otros cuerpos, otras voces y placeres. Éste tiene un gran ventanal, la luz baña todos los muebles que he ido acumulando durante los años, extrañamente todos son escritorios de madera que han mutado en sofás, en sillones, en estantes a punto de destriparse con tanto libro encima, poyos de cocina, estufa, lavaplatos y hasta baño. ¿De donde saqué tanto escritorio? es un absoluto misterio

               Finalmente mis pies se detienen ante la alcoba, voy colocando todas las escenas de amor que he acumulado por años sobre las sábanas, la cama crece a medida que el amor la inunda, sé que tu carita triste quiere preguntarme dónde voy a estar… no lo sé, espero que en la cama, creo...
               Un sentimiento de bienestar me invade,  este es mi lugar, dejo la alcoba para retardar los dulces instantes y me acerco al baño, un baño con todos los elementos de higiene que puedo llegar a necesitar, cercado por tablas de madera dispuestas a cincuenta centímetros unas de otras, así, mientras el agua resbala por todos los recovecos de mi cuerpo, puedo ver el horizonte en su lejanía y el cielo cubriendo el mundo.
              Ese es mi lugar, no quiero muros, ni cimientos, pienso que en su fragilidad radica su eternidad, así que me doy la vuelta y me cuelgo un cartel al cuello: Adiós.
10 de Mayo, 2013, 16:02: Selváticaminirelatos

           Las piezas gastadas del dominó se quedaron quietas sobre la mesa, las manos rudas, envejecidas y torcidas por la artritis se quedaron suspendidas justo encima de ellas, como si un viento helado hubiera arrancado la vida que las impulsaba.
           Todo sucedió un segundo antes, cuando los ocho pares de ojos vieron casi al mismo tiempo la silueta de un hombre, anciano y cansado como ellos se acercaba lentamente a saludarlos, sin que sus mentes dieran crédito a lo que veían.
 
            Había vuelto de ultramar, cuando todos creían que ya no regresaría jamás y antes del saludo, de los abrazos y el reconocimiento, la imagen de él huyendo de la mano con una mujer, de eso hace ya más de treinta años, les impidió hablar.
10 de Mayo, 2013, 15:55: SelváticaAlaprima



           Palabra que te quiero, palabra que no puedo vivir sin ti, palabra que se enreda en la lengua, se estremece y tiembla, tartamudea, cae, rueda, se tropieza, se desliza, esquiva los golpes de tu indiferencia, se resiste al veneno de tu mirada y a la gelidez de tus manos.
            Palabra que te quiero, palabra que no puedo vivir sin ti, porque estos días llenos de segundos y horas no son más que fantasmas aritméticos que cumplen una función y nada más.
            Palabra que he muerto cuando me abandonaste.
10 de Mayo, 2013, 15:52: Selváticaminirelatos


           No era de las que buscan refugio al lado del mar, tampoco creía que el monótono vaivén de las olas calmara espíritus inquietos, no buscaba la soledad de un día gris y lluvioso para suspirar en la orilla del mar, como si lanzara flores de colores a una gran tumba universal.
            No amaba el mar, tampoco lo odiaba, más bien veía en él una barrera para sus ansías de libertad, un muro monótono que su cuerpo no podría traspasar por sí mismo, ¿a dónde iban a ir sus pies si estaba rodeada de agua?
            Se sorprendió recordando estos interrogantes, los vio desinflarse como globos de feria, su cuerpo empezó a perder peso y unas alas invisibles brotaron en sus omoplatos y el mundo se llenó de letras de colores, eran las palabras que su amor le escribió,  la música le desveló secretos que su cuerpo ya sabía y la tierra emanó el mismo perfume que el cuerpo de su amante. Con eso le bastaba para vivir.        
            Eso era la felicidad, un cuerpo de mujer deslizándose por la playa con la ligereza de una hermosa figura en blanco y negro de una vieja película de barrio, aunque los curiosos que paseaban por la avenida, solo vieran a una mujer despidiéndose de su juventud frente al mar, sin importarle que la lluvia deshaga el trabajo de la peluquera, mientras mantiene el paraguas en alto, pero tercamente cerrado.