Los pies bien puestos sobre la tierra y ante los ojos un infinito verde, algunos árboles abren sus brazos a lado y lado regalando sombra, arriba cielo azul, fría tibieza impenetrable, no montañas, no murallas, no limites; muros que caen y  refugios en frente de los ojos que pretenden ser casas para dejar reposar todos los estados de ánimos.
              No es un solo espacio para contener todos tus mundos, no son ladrillos que un día puedan verte feliz y al instante triste, tampoco almohadas para ahogar o reposar. Son espacios para emociones estables y eternas: uno pequeño justo al alcance de mi mano para que la infancia viva a pesar del deterioro. Un poco más a la derecha, otro para el pensamiento y la reflexión, espacios pequeños que pueden aprovecharse.
              Luego está el salón, el espacio enorme donde caben otros cuerpos, otras voces y placeres. Éste tiene un gran ventanal, la luz baña todos los muebles que he ido acumulando durante los años, extrañamente todos son escritorios de madera que han mutado en sofás, en sillones, en estantes a punto de destriparse con tanto libro encima, poyos de cocina, estufa, lavaplatos y hasta baño. ¿De donde saqué tanto escritorio? es un absoluto misterio

               Finalmente mis pies se detienen ante la alcoba, voy colocando todas las escenas de amor que he acumulado por años sobre las sábanas, la cama crece a medida que el amor la inunda, sé que tu carita triste quiere preguntarme dónde voy a estar… no lo sé, espero que en la cama, creo...
               Un sentimiento de bienestar me invade,  este es mi lugar, dejo la alcoba para retardar los dulces instantes y me acerco al baño, un baño con todos los elementos de higiene que puedo llegar a necesitar, cercado por tablas de madera dispuestas a cincuenta centímetros unas de otras, así, mientras el agua resbala por todos los recovecos de mi cuerpo, puedo ver el horizonte en su lejanía y el cielo cubriendo el mundo.
              Ese es mi lugar, no quiero muros, ni cimientos, pienso que en su fragilidad radica su eternidad, así que me doy la vuelta y me cuelgo un cartel al cuello: Adiós.