No era de las que buscan refugio al lado del mar, tampoco creía que el monótono vaivén de las olas calmara espíritus inquietos, no buscaba la soledad de un día gris y lluvioso para suspirar en la orilla del mar, como si lanzara flores de colores a una gran tumba universal.
            No amaba el mar, tampoco lo odiaba, más bien veía en él una barrera para sus ansías de libertad, un muro monótono que su cuerpo no podría traspasar por sí mismo, ¿a dónde iban a ir sus pies si estaba rodeada de agua?
            Se sorprendió recordando estos interrogantes, los vio desinflarse como globos de feria, su cuerpo empezó a perder peso y unas alas invisibles brotaron en sus omoplatos y el mundo se llenó de letras de colores, eran las palabras que su amor le escribió,  la música le desveló secretos que su cuerpo ya sabía y la tierra emanó el mismo perfume que el cuerpo de su amante. Con eso le bastaba para vivir.        
            Eso era la felicidad, un cuerpo de mujer deslizándose por la playa con la ligereza de una hermosa figura en blanco y negro de una vieja película de barrio, aunque los curiosos que paseaban por la avenida, solo vieran a una mujer despidiéndose de su juventud frente al mar, sin importarle que la lluvia deshaga el trabajo de la peluquera, mientras mantiene el paraguas en alto, pero tercamente cerrado.