Las piezas gastadas del dominó se quedaron quietas sobre la mesa, las manos rudas, envejecidas y torcidas por la artritis se quedaron suspendidas justo encima de ellas, como si un viento helado hubiera arrancado la vida que las impulsaba.
           Todo sucedió un segundo antes, cuando los ocho pares de ojos vieron casi al mismo tiempo la silueta de un hombre, anciano y cansado como ellos se acercaba lentamente a saludarlos, sin que sus mentes dieran crédito a lo que veían.
 
            Había vuelto de ultramar, cuando todos creían que ya no regresaría jamás y antes del saludo, de los abrazos y el reconocimiento, la imagen de él huyendo de la mano con una mujer, de eso hace ya más de treinta años, les impidió hablar.