Es estrategia comercial de los medios de comunicación principalmente latinos, fichar a jóvenes periodistas voluptuosas, a las que además de ejercer su profesión, se les exige dotes de modelo, actriz y sobre todo enormes dosis de sexualidad ante la pantalla. Y el éxito en audiencia les da la razón a los directivos de las cadenas televisivas. Ningún pobre mortal puede resistirse a perderse los telediarios. Los espectadores y espectadoras, porque a ellas no las podemos dejar fuera, abren los ojos en cuanto la periodista, luciendo taconazos de infarto y enfundada en un vestido a punto de estallar, aparece por la izquierda del plató con su movimiento de caderas avanzando hasta el centro para sentarse como una princesa en frente del personaje que va a entrevistar. El infeliz invitado, no sabe donde poner los ojos frente a aquella anatomía - no se pierdan la cara del pobre Messi, que pasó del desconcierto a tragar saliva literalmente ante aquella presencia femenina - la modelo y periodista de la TV Azteca que lo entrevistó en días pasados -. Seguro que de su memoria se borraron las palabras, el mundo del fútbol, el sabor de la gloria por obtener recientemente la copa de la liga española y los meses de entrenamiento, esfuerzo, lesiones incluidas en su vida cotidiana. No cabe ninguna duda de que este tipo de periodistas son un atractivo reclamo para los espectadores, a todos nos gusta admirar la belleza femenina o masculina, porque ellos también han caído en las redes de la nueva estética, ellos también se retocan, se maquillan, acuden a estilistas y derrochan coquetería. Eso está muy bien, es llamativo, moderno, estético, atrae audiencias y pautas publicitarias millonarias, pero y qué pasa con los pobres mortales que lo único que saben hacer es ganarse premios Nobel, descubrir vacunas, publicar libros, luchar por los derechos de las mujeres o los niños, inventarse nuevas aplicaciones para facilitar la comunicación entre las personas, o hacer teatro, cine, componer música. A nadie parece importarle por qué el escritor X ganó el premio Nobel, ni su obra, no esperemos milagros, así las cosas, el trabajo de toda una vida de dedicación se reduce a tratar de mantener el tipo, evitando mirar los pechos de la presentadora, carraspear y dar a la voz una inflexión lo más lejana posible a esa voz ronca que produce la excitación sexual. Vamos que los invitados son mortales y la belleza, ya sabemos que se las trae. En esta guerra de audiencias todo vale y nadie se va a sentir culpable por usar las herramientas que tiene a mano para mantener en alto sus ratings. La publicidad es muy cruel, exige a los directivos que se expriman sus cerebros para mantener su posición, y en ese esfuerzo el cerebro va desapareciendo. Los invitados, quizás porque no saben lo que les espera en el plató aceptan dar entrevistas, pero una vez librados de los micrófonos y de las luces, una voz en su cerebro muy seguramente les dirá: aquí no vuelvas jamás. Eso es lo que va a suceder. El éxito sexual es como los orgasmos, fugaz mientras que la inteligencia es eterna. Ojalá los directivos se enteraran de una buena vez, que una entrevista es algo muy serio y que es más importante el invitado que la o el presentador, y mucho más importante el trabajo del invitado y sus repercusiones a nivel mundial, más que el modelito, los taconazos de aguja o la silicona.