Cuando le dijeron lo que estaba sucediendo entre los mortales, Cupido se dio cuenta del enorme error que había cometido y se sintió muy culpable. Caminando de una nube a otra, con las manos en la espalda sudando a chorretones, se preguntaba qué habría tenido en la cabeza, en aquellos momentos, para creer que esa idea fuera la solución al desamor universal.
            Los ojos se le nublaron cuando recordó la silueta de la joven, vestida con una túnica de polvo de estrellas cubriendo el paisaje de su cuerpo, el alma se le heló en el pecho al evocar su mirada inocente y el susurro de su voz se convirtió en trueno ronco.
            Ya no valía la pena arrepentirse, él, como siempre era el único culpable y se lamentó de que Zeus no lo hubiese detenido en el momento en que él, con sus propias manos colocó una rosa en los labios de la joven y la envío a la tierra para que ella besara a los hombres dejándoles esa rosa prendida en los mortales labios… ¿por qué no recordó que las rosas tenían espinas?