Volver a casa es como volver al vientre materno. Mientras estamos suspendidos entre un salir y un llegar, la mente revive imágenes placenteras, evoca olores gratos y saborea placeres ya idos; emociones resguardadas bajo una coraza de seguridad con olor a café recién hecho.
      
Al llegar, el mundo es un nudo de abrazos, de besos, de voces que demuestran, ahora si, tener un cuerpo palpable y un calor contagioso. Después todo es un destripar de maletas, unas manos que dan, otras reciben entre palabras atropelladas.
      
Finalmente, en todos los viajes pasa, nos damos cuenta que hemos perdido algo, algo muy importante y el terror paraliza. Si. Se ha perdido el bolso de mano, lleno de esas cosas triviales que de repente son imprescindibles en nuestras vidas: el pequeño cepillo de dientes, el pequeño espejo, la pequeña billetera que contiene los documentos que demuestran a los demás quienes somos, donde vivimos, qué profesión tenemos y cuanto dinero tenemos en el banco. La caja de bombones.
     
Así, la bienvenida se convierte en un trabajo arduo y común: todos buscan, todos aportan, todos opinan dando soluciones. Habría que volver a las oficinas del Estado a solicitar de nuevo documentos de identidad, es un engorro pero un tema solucionable, la libreta con las direcciones de los amigos, también es una pena haberla perdida, pero los amigos siguen ahí, los objetos, se pueden volver a comprar, pero la caja con los bombones de chocolates no aparece por ninguna parte.
     
El colapso está a punto de dejarnos inmóviles, la boca se reseca, las manos tiemblan, el cuerpo se desgaja como si los huesos se hubieran vuelto de gelatina… sí, todo por una caja de bombones de chocolate que nuestro paladar jamás podrá volver a saborear.
       Por nuestra mente pasan todos los bombones que nos hemos ido comiendo a lo largo de nuestras vidas, aquellos que de pequeños comprábamos en la tienda de la esquina, luego los rellenos de licor para luego fingir que habíamos probado el ron, después aquellos que nos dio el "bombón" de quince años que se enamoró de nosotros, más tarde los que quizás preparamos con nuestras manos para dárselos a otros… no, eso no se recupera jamás. ¿Cómo podremos seguir viviendo sin ellos?