Se cansó de que le cerraran los ojos a besos, se aburrió de caminar al lado de otros pasos, sus manos soltaron aquel cuerpo y dio la vuelta, y mientras lo hacía, iba soltando por las calles azules las pelusas que alguna vez conformaron su vida en común.
      En cada calle iba sacando de su memoria una risa, el llanto de su hijo mayor, la hipoteca, las tardes de fútbol, los teléfonos histéricos y las pestañas de su mujer, hasta que se fue quedando vacío, ligero y con una cierta y desasosegaste sensación de felicidad.

   Cuando llegó al barrio viejo de la ciudad, se sentó en el resquicio de un portal, abrió las manos y colocó cuidadosamente su alma a su lado, le dio un golpecito en los hombros y la empujo lejos de si.  Esta empezó a caminar muy despacio, él cerró los ojos y al hacerlo la noche se tornó aún más oscura. Había dejado de existir, ahora podría vagar eternamente.