Nos gusta la carretera, otra vez el plural dentro de mi cabeza y el vacío a mi lado. En mi mente viajan un adolescente y otra mujer, muy parecida a mi, lo reconozco, uno tiende a buscar espejos sin darse cuenta.
      
Volviendo al tema, nos encanta salir sin rumbo fijo, tomar el volante con nuestras manos y pisar el acelerador huyendo de la ciudad, cuerpo y máquina se funden cuando el paisaje aparece ante nosotros sin obstáculos. No hay nada más que pensamientos, el viento y un hambre de carretera sin destino. Es el único instante en que me siento libre, en que mis manos pueden tomar el volante, como si fuera mi destino y girar o seguir derecho, hasta donde me dé la gana, incluso separarme de mi cuerpo para ver como el coche blanco, pequeño, parece una mariposa reverberando sobre el asfalto.
      
Allá voy. ¿va?
      
En los oídos suena la vida, tendrán que perdonarme, no les puedo interpretar mi música, pues a pesar de tener todos los Do, los Fa, o los Sol que ustedes conocen, también tiene puntos, contraltos, pausas y claves que aparecen y desaparecen en instantes. Suena, además tan alto y cesa tan de repente que no da tiempo a pasar por el tamiz de la razón, hasta que el sonido de la llanta al explotar actuó como arpón de sueños.
       Buscamos un lugar para cambiar la rueda, solo necesitamos un mínimo espacio pero no lo hallamos, la autopista se llenó de coches, las calles de gente, los vados de barreras, las aceras de peatones y así se nos van las horas empujando el coche por el mundo.
     
Un hombre se acerca, nos ofrece su garaje particular y una sonrisa general. Me quedo con su sonrisa, pero el garaje tiene una inclinación del 99%. Imposible cambiar una rueda allí.  Además su plan para allanar el terreno tiene… baches.
     
Seguimos empujando el coche hasta que los tacones de las botas se nos gastan, los brazos se nos quedan estirados y las rodillas forman ángulos de cuarenta y cinco grados.
     
La historia hará cábalas con nuestras momias, imaginarán que somos parte de un rito de sus ancestros, quizás objetos de culto por millones de personas, se crearan las bases de una nueva religión, nos adorarán millones de personas de rodillas ante nuestras imágenes y nos llevaran en romería cuando haya sequías, o lluvias torrenciales y nos harán ofrendas por milagros que jamas haremos. Todo, porque nos gusta la carretera. ¿Otra vez nos gusta?
        Qué carajos, si, estoy entre las costillas de todos los que aman la libertad.