El mismo sol de hace millones de años, el mismo mar que finge cambiar cada tarde, las mismas casitas carcomidas por el salitre, el mismo restaurante, la misma comida que ahora no sabe a nada.

 
           Todo parece igual, el mundo sigue indiferente, camina solo, va a su aire y yo aún te tengo enredado en los tobillos, soy una coja intentando no caer al precipicio.

          
Unos niños persiguen a un pequeño tiburón, lo ensartan en su arpón, se abalanzan sobre él. Después de unos segundos de lucha, el pequeño animal logra zafarse y huye. Las caras de los niños reflejan rabia, algunos patean el agua y al hacerlo se salpican unos a otros, entonces la desilusión por no capturar al animal desaparece, el pequeño tiburón se ha borrado de sus recién estrenadas memorias y en ellas solo cabe ahora la manera de dar una patada más contundente y como lanzar más agua al rostro del adversario.

        
Eso pasa sin que tu estés a mi lado, pasa un cielo azul, la risa de unos jóvenes, los besos de las parejas que se comen con manos y ojos y tengo tantas ganas de llorar. Soy esos ojos que el pez ve tras el cristal de su cárcel acuática.

           Extiendo la mano, miro las puntas redondeadas de mis dedos sobre el fondo azul del cielo… ahora acaricio aire con mis manos cansadas de no tocarte.