Los ojos huían de las páginas del libro que estaba leyendo para irse a posar en un retrato que colgaba justo en la pared de enfrente. Al principio no le dio mucha importancia, se trataba de un hombre de mediana edad, vestido de forma corriente y sonriendo como todo el mundo cuando decide grabar sus rasgos para la posteridad.

Volvió al libro. Los personajes se daban la mano, se saludaban cortésmente exhibiendo los mejores modales que sus colegios o sus padres se encargaron de grabar al fuego en sus cerebros, sin embargo la mujer - del libro por supuesto - sintió que su boca se llenaba de saliva y sus muslos temblaban - leyó.

El cuerpo del hombre del cuadro era bien proporcionado, se veía, cuando menos saludable, y la posición en ese preciso momento inmortal parecía sugerir estabilidad y solidez.

Intrigada, dejó por fin el libro al lado de la cama, con el deseo de que la pareja protagonista no se fuera de allí hasta ver en qué terminaba esa prematura excitación; se acercó a la pintura, examinó con cuidado el cuerpo del hombre. Hombros anchos, brazos fuertes, manos de dedos largos congeladas en un gesto que parecía iniciar un abrazo. Algo tembló entre sus piernas. Sus ojos se detuvieron en los ojos del hombre, ojos detrás de unas gafas, un poquitín entrecerrados. ¿Qué maravilloso espectáculo habría capturado sus pupilas en el momento en que era pintado?

Sacudió la cabeza. Era una pérdida de tiempo, ese hombre quizás habría muerto hace años, sería el marido de alguien que vivió aquí antes, quizás en esa misma… - en ese momento se interrumpió, corrió hasta su cama, el libro se había cerrado y ella empezó a sudar de angustia, no recordaba la página en que se conocieron los amantes, había olvidado poner alguna marca. Nerviosamente repasaba las páginas mientras el miedo iba creciendo en su interior, transformándose en terror. Una y otra vez leía los primeros renglones del libro pero no lograba encontrar el capítulo de los amantes, con dedos temblorosos pasaba páginas, saltaba capítulos hasta llegar al final para empezar de nuevo desde el fin hasta el comienzo, pero la pareja no aparecía.

En un momento dado empezó a dudar de su cerebro, quizás esa pareja no existía y fue producto de un sueño ligero, a veces le pasaba, se quedaba adormilada y el libro solía caer sobre su pecho despertándola. Pero eso no la confortaba. Estaba segura de que la pareja existía, ella se llamaba Jane y él Peter, eran irlandeses, vivían en un pequeño pueblo cerca de…

Los ojos volvieron a la pintura de la pared y creyó ver que el hombre le sonreía. No, se dijo, ya sonreía antes. No. Está sonriendo ahora. ¿Cuántas voces contradictorias en su cerebro? Tenía que verlo de cerca pero la luz no ayudaba. Tomo un mechero de su bolso, se acercó, pasó su manos por el cuerpo del hombre y sintió calor. Se miro las manos, no había nada en ellas que llamara su atención, pero cuando volvió los ojos a la imagen, el cuerpo del hombre se hallaba emborronado, como si estuviese dibujado al carbón y alguien hubiese pasado la mano sobre los trazos. Pero sus dedos no estaban sucios, y era ella quien lo había hecho, en un primer impulso quiso hacer la prueba con el rostro del hombre, pero le dio miedo que se borrara aquella bella sonrisa. Para su espanto, la sonrisa empezó a desdibujarse, los colores formaron un cauce que iba deslizándose por la superficie de la pintura. En un intento vano, ella trató de besar aquella boca antes de que desapareciera. Cerró los ojos, besó la imagen y el gusto dulzón de esos labios llenó de placer su boca. Sabía a Azúcar, acababa de besar a un hombre de azúcar.

Volvió a la cama completamente calmada, la imagen del hombre de azúcar había desaparecido de la pared, tomó el libro para reiniciar la lectura, pero antes de abrirlo se decidió a llamar a Berta, - una suerte que su amiga la conociera y no la mandara a paseo por llamar a esas horas tan poco decentes.

¿Qué pareja? pregunto Berta al otro lado de la línea.

En el libro que me prestaste no hay una pareja de amantes que...

Colgó el teléfono, cerró los ojos y saboreó los trocitos de azúcar que aún conservaba en los labios.