Los sobrevivientes a las guerras somos personas incompletas, por cualquier lado que se nos mire, siempre se encuentra un fallo, una avería, una fuga, un escape, una pintura desconchada o un cristal roto, aunque nos empeñemos en maquillarnos, en armarnos, en camuflarnos para ocultar esa realidad.

 No importa si provenimos de una guerra entre hermanos o de las masacres mundiales más espantosas, los resultados son los mismos y tardan siglos en desaparecer. Pueden sanar las heridas de la carne, pueden transplantar corazones, hígados, brazos o piernas, sin embargo, lo que la ciencia no puede hacer, todavía, es revertir los efectos de la violencia en la mente de los seres humanos; aunque se siga intentando en laboratorios la cosa no parece cuajar todavía como debiera.

 Los estudiosos en la materia, dedican su vida entera a buscar métodos científicos,  los políticos, el pueblo, los humanistas, demócratas, socialistas y demás agremiaciones creen que con escuelas, becas, casas, acueducto, comida y sanidad lograran algo, los psicólogos ponen en práctica complejas teorías, los psiquiatras navegan por el pasado y el presente de las personas, pero nunca llegan a buen puerto, si acaso, a estaciones intermedias que los alientan a seguir por ahí, pero la verdad es que la violencia por ahora está ganando la partida.

 No, nadie parece tener la fórmula para vivir en paz, es como si la gran mayoría ya hubiera dado por perdida esa opción, y para no parecer idiotas, que lo son, lanzan en todos los medios de comunicación convocatorias para establecer mesas de negociación, o de conversaciones, o como quiera llamársele, se ponen plazos, se fijan acuerdos, se publican comunicados ante cámaras de televisión, mientras en lo profundo de la selva o en las más recónditas ciudades se muestran no solo los dientes, sino que se disparan entre si todo el arsenal mortífero que tienen entre sus manos.

 Y así años y años, en regiones enteras del país, como el Catatumbo, o en países europeos, asiáticos o árabes, no importa el lugar, las consecuencias son las mismas, los problemas siguen siendo los mismos y los resultados idénticos: seres humanos mentalmente incapacitados para vivir en paz, caldos de cultivo de frustraciones, desengaños, venganzas y rebeldías que alcanzan sus cotas más altas cuando los ríos de sangre se desbordan por el universo entero, que asiste entre asombrado y alelado a las demostraciones de poder de la violencia.

 No hemos aprendido nada, estamos viviendo en un planeta generoso, espléndido, en el que podríamos vivir de maravilla y nuestros pies lo están destruyendo, nos morimos de hambre en medio de la abundancia y mañana, quienes se levanten de esas dichosas mesas de negociaciones se tomarán una foto estrechándose las manos, sonreirán a la cámara, se retiraran cada uno a su lugar mientras, tras el telón de la televisión, caen los cuerpos de miles de hombres, mujeres y niños abatidos por balas de distintos colores mientras que los sobrevivientes se nutren de odio preparando el próximo combate para vengar a sus muertos, eternamente.